Título original: Why should Americans care for East Timor

Autor: Noam Chomsky

Origen: Z Net, Septiembre 1999

Traducción: Jesús Gómez y Natalia Cervera, para la revista Rebelión


Por qué deben preocuparse por Timor Oriental los estadounidenses

Por Noam Chomsky


Hay tres buenas razones para que los estadounidenses se preocupen por Timor Oriental. En primer lugar, desde la invasión indonesia de diciembre de 1975, Timor Oriental ha sufrido algunas de las peores atrocidades de la era moderna, atrocidades que vuelven a aumentar ahora mismo. En segundo lugar, el gobierno de EEUU ha desempeñado un papel decisivo en el aumento de dichas atrocidades y puede actuar para mitigarlas o eliminarlas con facilidad. No es necesario bombardear Yakarta, ni imponer sanciones económicas.

Habría bastado, en cualquier momento, con que Washington retirara su apoyo al gobierno de Indonesia e informara a su cliente de que el juego se había terminado. Eso sigue siendo válido ahora, cuando la situación se aproxima a un punto crucial: la tercera razón.

 El presidente Clinton no necesita que le instruyan acerca de cómo debe proceder. En mayo de 1998, Madeleine Albright, secretaria de estado, pidió al presidente Suharto que dimitiera y permitiera una "transición democrática". Pocas horas más tarde, Suharto transfirió el poder a su vicepresidente elegido a dedo. Aunque no fue una simple relación de causa y efecto, los acontecimientos ilustran las relaciones que prevalecen. Detener la tortura en Timor Oriental no habría sido más difícil que acabar con el dictador de Indonesia en mayo de 1998.

 Poco antes, la administración de Clinton apoyaba a Suharto y lo definía como "el hombre adecuado para nosotros", siguiendo el precedente establecido en 1965, cuando el general tomó el poder y dirigió las masacres perpetradas por el ejército que acabaron con el único partido político con gran implantación en el país (el PKI, un partido comunista que gozaba del apoyo popular) y devastaron su base social en "uno de los peores asesinatos en masa del siglo XX". Según un informe de la CIA, las masacres fueron comparables a las realizadas por Hitler, Stalin y Mao. Cientos de miles de personas fueron asesinadas; casi todas, campesinos sin tierras. Semejante éxito fue recibido con absoluta euforia en occidente. El "espantoso genocidio" se convirtió en "un rayo de luz en Asia", según dos comentarios, paradigmáticos de la reacción general de los medios de comunicación occidentales, que se publicaron en el New York Times. Las grandes empresas corrieron a lo que muchos llamaban el "paraíso para los inversores" de Suharto, apenas limitado por la voracidad de la familia del dictador. Durante más de 20 años, Suharto fue aclamado por los medios como un "moderado" de "buen corazón", aunque tuviera un récord de asesinatos, terror y corrupción con pocos competidores en la historia posterior a la segunda guerra mundial. Suharto gozó del apoyo de occidente hasta que cometió sus primeros errores: perder el control y dudar a la hora de aplicar las duras prescripciones del Fondo Monetario Internacional (FMI). Sólo entonces llegó la petición de "una transición democrática" desde Washington, que no incluía la posibilidad de que el pueblo de Timor Oriental disfrutara del derecho a la autodeterminación respaldado por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y por el Tribunal Internacional.

 En 1975, Suharto invadió Timor Oriental, país que estaba siendo gobernado por su propio pueblo después del colapso del imperio portugués. Estados Unidos y Australia sabían que la invasión se iba a producir y la autorizaron. El embajador australiano Richard Woolcott recomendaba, en unas memorias que más tarde se filtraron a la prensa, la vía "pragmática" del "realismo de Kissinger", porque hacer un buen trato sobre las reservas de petróleo de Timor sería más fácil con Indonesia que con un Timor Oriental independiente. En aquella época, el noventa por ciento de las armas del ejército indonesio procedía de Estados Unidos, pero su uso estaba restringido por los términos del acuerdo a la "defensa". Siguiendo la doctrina del "realismo de Kissinger", Washington aumentó el flujo de armas mientras declaraba una suspensión de la entrega de armamento, simultáneamente, y la opinión pública permanecía en la ignorancia. El Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ordenó a Indonesia que se retirara, pero sin resultado. Daniel Patrick Moynihan, embajador de Naciones Unidas en aquella época, explicó el fracaso en sus memorias. El embajador se vanagloriaba de haber hecho que las Naciones Unidas fueran "profundamente ineficaces en lo relativo a las medidas que había que tomar" porque "Estados Unidos deseaba que las cosas se desarrollaran como se desarrollaron" y "trabajó para conseguirlo". En cuanto a cómo "se desarrollaron los acontecimientos", Moynihan comenta que, en pocos meses, habían asesinado a 60.000 ciudadanos de Timor, "casi la proporción de víctimas sufrida por la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial".

 La masacre continuó y alcanzó su punto más alto en 1978, con la ayuda de nuevas armas entregadas por la administración de Carter. Las muertes se calculan en 200.000, la peor masacre de población civil desde el Holocausto. En 1978, Francia, Gran Bretaña y otros países se unieron a EEUU, dispuestos a sacar lo que pudieran de la masacre. La protesta en occidente fue minúscula, y apenas se informó sobre lo que sucedía. El seguimiento de los medios estadounidenses, que había sido muy alto en el contexto de la preocupación por la caída del imperio portugués, disminuyó hasta la práctica inexistencia en 1978.

 En 1989, Australia firmó un tratado con Indonesia para explotar el petróleo de "la provincia indonesia de Timor Oriental", una región que según algunos intelectuales realistas no es económicamente viable, y que por tanto no puede acceder al derecho a la autodeterminación. El acuerdo de Timor se puso en práctica inmediatamente después de que el ejército asesinara a varios miles más de ciudadanos de Timor en la conmemoración en un cementerio de un asesinato perpetrado poco antes por el ejército. Las empresas petroleras occidentales se unieron al expolio, sin suscitar comentarios.

 Después de 25 años terribles, por fin se están dando pasos que podrían acabar con el horror. Indonesia ha permitido la realización de un referéndum en agosto de 1999, para que los ciudadanos de Timor elijan entre la autonomía, dentro de Indonesia, y la independencia. Se da por sentado que si el voto es mínimamente libre, vencerán las fuerzas independentistas. El ejército de ocupación indonesio (EOI) actuó con rapidez para impedirlo. El método fue sencillo: organizaron fuerzas paramilitares para aterrorizar a la población mientras el EOI adoptaba una actitud de "negativa verosímil" que rápidamente fracasó ante la presencia de observadores extranjeros, quienes pudieron comprobar de primera mano que el EOI armaba y protegía a los asesinos. Según informes dignos de crédito, las milicias se encuentran bajo la dirección de Kopassus, las temidas fuerzas especiales de Indonesia, modeladas a imagen y semejanza de los boinas verdes de EEUU, y "legendarias por su crueldad", como observa Benedict Anderson, importante intelectual de Indonesia. Anderson añade que, en Timor Oriental, "Kopassus se ha convertido en pionero y ejemplo de todo tipo de atrocidades", entre las que se encuentran violaciones sistemáticas, torturas, ejecuciones y organización de bandas de delincuentes. En el mismo sentido, David Jenkins, veterano corresponsal australiano en Asia, comenta que estas "fuerzas especiales de choque recibieron entrenamiento regular con fuerzas estadounidenses y australianas hasta que su comportamiento se convirtió en una molestia para sus amigos extranjeros". El Congreso de EEUU prohibió el entrenamiento de asesinos y torturadores en el IMET (programa de Entrenamiento y Formación Militar Internacional), pero la administración de Clinton encontró formas de eludir la legalidad, y a pesar de que irritó al Congreso no se supo mucho más. Las prohibiciones parlamentarias pueden ser más eficaces ahora, pero sin el tipo de investigación que raramente se lleva a cabo con relación a las atrocidades apoyadas por EEUU, no hay razones para confiar en ello.

 La conclusión de Jenkins, en el sentido de que el Kopassus sigue "tan activo como siempre en Timor Oriental", ha sido verificada por observadores cercanos. "Muchos de esos miembros del ejército asistieron a cursos en EEUU del IMET, ahora suspendido", escribe. Sus tácticas recuerdan al programa Phoenix de EEUU aplicado en el sur de Vietnam, con el que se asesinó a decenas de miles de campesinos y a muchos de los líderes indígenas sudvietnamitas, así como a las "tácticas empleadas por los Contras" en Nicaragua, en aplicación de las lecciones que recibieron de sus mentores de la CIA, y que no será necesario revisar. Los terroristas de estado "no se limitan a perseguir a las personas más radicalmente independentistas, sino también a los moderados, a las personas que tienen influencia en su comunidad".

 "Es Phoenix... observa una fuente importante de Yakarta", escribe Jenkins. Y la fuente añade que el objetivo es "aterrorizar a todo el mundo, a las ONG, a la Cruz Roja, a Naciones Unidas y a los periodistas".

 La consecución de ese objetivo se ha seguido con no poco éxito. Desde abril, las milicias dirigidas por Indonesia han desatado una ola de atrocidades y asesinatos. Han matado a cientos de personas; muchas, en las iglesias en las que se habían refugiado; han quemado ciudades y han llevado a decenas de miles de personas a campos de concentración o a las montañas, donde, según se ha informado, miles de ellas han sido literalmente esclavizadas para que trabajen en la cosecha del café. "Los llaman desplazados internos", comenta una monja y cooperante australiana, "pero son rehenes de las milicias. Les han dicho que los matarán si votan a favor de la independencia". El número de desplazados se calcula en más de 50.000.

 Las condiciones sanitarias son terribles. Uno de los pocos médicos que se encuentran en la zona, el voluntario estadounidense Dan Murphy, informó de que diariamente mueren entre 50 y 100 ciudadanos de Timor por enfermedades curables, mientras Indonesia "mantiene una política deliberada de no permitir que lleguen suministros médicos a Timor Oriental". Murphy ha detallado en los medios de comunicación australianos los atroces crímenes que ha contemplado, y periodistas de Australia y cooperantes han reunido un informe impresionante.

 Naciones Unidas retrasó dos veces el referéndum por culpa del terror, que incluso ha alcanzado las oficinas y las caravanas de la ONU que llevaban enfermos para su tratamiento. Citando fuentes diplomáticas, de la iglesia y de las propias milicias, los medios australianos informan de que "se están acumulando cientos de modernos rifles de asalto, granadas y morteros, para utilizarlos si la opción autonómica resulta derrotada en las urnas", y advierten de que las milicias dirigidas por el ejército de ocupación pueden tomar violentamente el territorio si, a pesar del terror, se expresa la voluntad popular. Murphy y otros comentan que el EOI se ha envalentonado por la falta de interés de occidente. "La declaración de un importante diplomático de EEUU resume la situación: Timor Oriental es el Haití de Australia"; en otras palabras, no es un problema de EEUU, país que ayudó a crear y a mantener el desastre en Timor Oriental y que podría detenerlo con suma facilidad (los que conocen la verdad sobre la intervención de EEUU en Haití apreciarán la ironía).

 Desde la escena del terror, Carlos Ximénes Belo, obispo y premio Nobel, pide "una fuerza militar internacional" para proteger a la población del terror indonesio y para permitir que el referéndum se lleve a cabo. Pero no se ha hecho nada. La "comunidad internacional" -es decir, las potencias occidentales- prefiere que el ejército indonesio proporcione "seguridad". La administración de Clinton autorizó el envío de unos cuantos observadores de Naciones Unidas, desarmados, pero después retrasó su viaje.

 El panorama de los últimos meses contrasta de forma particularmente descarada con la pose santurrona de los "estados ilustrados". Pero sólo sirve para demostrar, de nuevo, lo que debería ser evidente: no ha cambiado nada sustancial, ni en las acciones de los poderosos ni en la actitud de sus aduladores. Los ciudadanos de Timor son "víctimas que no merecen la pena". Ningún poder está interesado en paliar su sufrimiento, ni siquiera en dar unos cuantos pasos sencillos para detenerlo. La larga y conocida historia continuará, en Timor Oriental y en todo el mundo, si no se produce una reacción popular significativa.
 
 

Tomado de : Znet en español.

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