Título original: The Passion for Free Markets

Origen: Z Magazine, mayo 1997

Traducido por Cristina Feijóo y Lucio Salas, revisado por Déborah Gil, marzo 2000
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Pasión por los mercados libres:

Exportando los valores nortamericanos a través de la
nueva Organización Mundial de Comercio

Por Noam Chomsky



Durante más de medio siglo, las Naciones Unidas han sido para los EE.UU. el foro central donde intentar crear un mundo a su imagen y semejanza, maniobrando con sus aliados para forjar acuerdos globales sobre derechos humanos, pruebas nucleares o medio ambiente que, según insistía Washington, reflejarían sus propios valores.

"Así transcurrió la historia de la posguerra", nos alecciona el primer párrafo de un artículo de primera página del analista político del New York Times, David Sanger. Pero los tiempos están cambiando. Hoy, dice el titular: "Estados Unidos está exportando sus valores de libre mercado a través de acuerdos comerciales globales". Dejando atrás la tradicional confianza en las Naciones Unidas, la Administración Clinton se está volviendo hacia la nueva Organización Mundial de Comercio (OMC) para llevar adelante la tarea de "exportar los valores norteamericanos". Más abajo, Sanger dice (citando al Representante Comercial de EE.UU) que la OMC sería el instrumento más efectivo para llevar la "pasión americana por la desregulación", por el libre mercado en general y los valores americanos de libre competencia, reglas claras, y cumplimiento efectivo", a un mundo que anda a tientas en medio de las tinieblas. Estos "valores americanos" se ponen de manifiesto de la manera más dramática por la ola del futuro: telecomunicaciones, Internet, tecnología informática de punta y otros milagros creados por el exuberante espíritu empresarial americano que el mercado no puede contener, al fin libre de las interferencia del Estado gracias a la revolución de Reagan.

Hoy, "los gobiernos están adoptando el evangelio del libremercado predicado en la década de los ochenta por el presidente Reagan y la Primer Ministro de Gran Bretaña, Margaret Thatcher", informa Youssef Ibrahim en otro artículo de primera página del Times, reiterando la cantilena. Nos guste o no, entusiastas y críticos provenientes de un gran espectro de opiniones acuerdan -sólo para mantenernos dentro del sector de los liberales de izquierda- en "la implacable embestida de lo que sus exponentes llaman "la revolución del mercado": "el rudo individualismo reaganista" ha cambiado las reglas de juego en el mundo, mientras que aquí "republicanos y demócratas por igual están listos para otorgar vía libre al mercado", en medio de su consagración a la "nueva ortodoxia".

Hay una cantidad de problemas con este cuadro. Uno es la explicación de la última mitad del siglo. Aun los más fieles creyentes en la "Misión de América" deben estar conscientes de que las relaciones EE.UU./ONU han sido virtualmente lo opuesto a lo que el párrafo inicial describe, desde que la ONU quedó fuera de control con el progreso de la descolonización, dejando a EE.UU. a menudo aislado y en oposición a los acuerdos globales en una gran cantidad de temas, "y dedicado a minar los acuerdos centrales de la ONU, particularmente aquellos con una orientación hacia el tercer mundo". Muchas cuestiones mundiales son sujeto de debate, pero seguramente ésta no es una de ellas.

Acerca del "rudo individualismo reaganista" y su adoración por el mercado, quizás sea suficiente citar el balance de los años de Reagan que realizó en Foreign Affairs un experto en Finanzas Internacionales del Consejo para las Relaciones Exteriores, que señala la "ironía" de que Ronald Reagan, "el dirigente con el más apasionado amor por el laissez faire de la posguerra, presidiera el mayor giro hacia el proteccionismo desde 1930" –no hay "ironía", sino el trabajo normal de un "apasionado amante del laissez faire": para usted, disciplina de mercado, pero no para mí, a menos que el "campo de juego" me sea favorable, típicamente como resultado de una intervención en gran escala del Estado. Es difícil encontrar otro tema que haya sido tan dominante en la historia económica de los tres siglos pasados. El actual entusiasmo por la revolución de las comunicaciones del que Sanger habla es un caso de manual.

Los reaganistas siguieron un curso bien conocido –recientemente derivado en comedia por los "conservadores" de Gingrich- cuando ensalzaron las glorias del mercado y cuestionaron en severas conferencias la debilitante cultura de la dependencia de los pobres, del país y del extranjero, mientras cacareaban orgullosos ante el mundo de los negocios que Reagan había "garantizado una ayuda más importante a la industria de EE.UU. que cualquier otro de sus predecesores en más de medio siglo"; de hecho, más que todos sus predecesores juntos, cuando ellos condujeron "el sostenido asalto al principio (de libre comercio)" de los ricos y poderosos iniciado a comienzos de la década de los 70, se lamentaba en una reseña académica Patrick Low, economista del secretariado del GATT, quien estimaba que los efectos restrictivos de las medidas reaganistas eran tres veces mayores que los de otros importantes países industrializados.

El radical "giro hacia el proteccionismo" fue sólo una parte del "sostenido asalto" a los principios del libre comercio, que se aceleró bajo el "rudo individualismo reaganista". Otro capítulo de esta historia incluye la enorme transferencia de fondos públicos al sector privado, frecuentemente bajo la tradicional máscara de la "seguridad". Sin esas extremas medidas de interferencia en el mercado, es dudoso que las industrias automotrices, del acero, de máquinas-herramientas y de semiconductores de EE.UU., entre otras, hubieran sobrevivido a la competencia japonesa o hubiesen sido capaces de ponerse a la cabeza en tecnologías de punta, con amplios efectos sobre toda la economía.

La "Gran Bretaña de Thatcher" es otro buen ejemplo para ilustrar el "evangelio del libre mercado". Limitándonos a unas pocas revelaciones de principios de 1997, "en el período de máxima presión para vender armas a Turquía", el London Observer informó que la Primer Ministro Thatcher "intervino personalmente para asegurar que se efectuara un pago de 22 millones de libras, sacados del presupuesto de ayuda exterior, para colaborar en la construcción de una línea de subterráneos en la capital de Turquía, Ankara. El proyecto era antieconómico, y en 1995 el Ministro de Asuntos Exteriores, Douglas Hurd, admitió que era "ilegal". El incidente fue particularmente notorio pues se dio durante los coletazos del escándalo Pergau Dam, que reveló los subsidios ilegales thatcheristas, destinados a "embellecer" los negocios de armas con el gobierno de Malasia, con un dictámen de la Corte Suprema adverso a Hurd. Además de las garantías estatales de crédito, los arreglos financieros, y el resto de la parafernalia de dispositivos para transferir fondos públicos para la "industria de defensa", que produjeron beneficios para la industria de avanzada en general.

Unos días antes, el mismo diario informó que "hasta 2 millones de niños británicos padecen problemas de salud y raquitismo debido a malnutrición" como resultado de la "pobreza a una escala sin precedentes desde la década de1930". La tendencia a aumentar la salud infantil se ha revertido y las enfermedades de la niñez que habían sido controladas están resurgiendo, gracias al (altamente selectivo) "evangelio del libre mercado", muy admirado por sus beneficiarios.

Unos meses antes, un titular anunciaba que "Uno de cada tres bebés británicos nace en la pobreza", y que "la pobreza se ha triplicado desde que Margart Thatcher fue electa". En otro titular se leía:"Las enfermedades descriptas por Dickens vuelven a perseguir a los británicos de hoy", informando sobre estudios que concluyen que "las condiciones sociales en Gran Bretaña están volviendo a ser las de hace un siglo". Particularmente crueles son los efectos de los cortes de gas, electricidad, agua y teléfonos, "en un gran número de hogares", ya que la privatización sigue su propio curso, con una variedad de mecanismos que favorecen a "los clientes más pudientes" a costa de una "sobrefacturación a los pobres", y conducen a un "creciente abismo energético entre ricos y pobres, incluyendo agua corriente y otros servicios. Los "recortes salvajes" en los programas sociales están colocando a la nación "al borde del pánico por un inminente colapso social". Pero la industria y las finanzas se están beneficiando lindamente con esas mismas opciones políticas. Para coronar todo esto, los gastos públicos después de 17 años de evangelio thatcherista fueron del mismo 42 ¼ % del PBI que cuando ella se hizo cargo.

No se trata, exactamente, de una realidad para nosotros desconocida.
 
 

Exportando los valores norteamericanos

Dejemos de lado estos curiosos contrastes entre doctrina y realidad, y veamos qué podemos aprender examinando la nueva era que aparece en el horizonte. Creo que mucho.

Sanger celebra el acuerdo de la OMC en telecomunicaciones. Uno de sus bienvenidos efectos es proveer a Washington de una "nueva herramienta de política exterior". El acuerdo "habilita a la OMC a traspasar las fronteras de los setenta países que lo han firmado" y no es ningún secreto que las instituciones internacionales pueden actuar mientras se atengan a las demandas de los poderosos, en particular los EE.UU. En el mundo real, la "nueva herramienta" permite a EE.UU. intervenir a fondo en los asuntos internos de otros países, obligándolos a cambiar sus leyes y prácticas. De modo decisivo, la OMC se asegurará de que otros países estén "siguiendo a rajatablas sus promesas de permitir invertir a los extranjeros", sin restricciones, en áreas centrales de sus economías. En este caso específico, el resultado probable está claro para todos: como señala Far Eastern Economic Review (FEER) (Revista Económica del Lejano Oriente),"los obvios beneficiarios corporativos de esta nueva era serán los agentes comerciales norteamericanos, que son los que están mejor posicionados para dominar el juego", a la par de la megacorporación compuesta por EE.UU. y el Reino Unido.

No todo el mundo está deleitado con las perspectivas. Los ganadores reconocen este hecho, y ofrecen su interpretación: en palabras de Sanger, los otros temen que "los gigantes norteamericanos de las telecomunicaciones.... pueden aplastar a los débiles monopolios estatales que han dominado durante mucho tiempo las telecomunicaciones en Europa y Asia" como sucedió en EE.UU., bien pasado el período en que se transformó por lejos en la principal economía mundial y en el Estado más poderoso. También vale la pena hacer notar que importantes contribuciones a la tecnología moderna provienen de los laboratorios de investigación de los "débiles monopolios estatales" que dominaron las telecomunicaciones hasta la década de los 70, aprovechando su independencia de la disciplina de mercado para cubrir las necesidades de avanzados sectores de la industria, generalmente por transferencias de fondos públicos (de modo indirecto, salvo las modalidades más directas del sistema del Pentágono).

Aquellos que se aferran irracionalmente al pasado ven las cosas un poco distintas. FEER señala que "se perderán empleos" en Asia y "muchos consumidores asiáticos tendrán que pagar más por los servicios telefónicos antes de que empiecen a pagar menos". ¿Cuándo empezarán a pagar menos? Para que amanezca ese luminoso día sólo es necesario que los inversores extranjeros "sean alentados.. a actuar de la manera socialmente deseable", no simplemente con los ojos puestos en la ganancia, el buen servicio a los ricos y al mundo comercial. No se explica cómo ocurrirá ese milagro, aunque sin duda esta cuestión inspirará serias reflexiones en los cuarteles generales de las corporaciones.

En un espacio de tiempo previsible, el acuerdo de la OMC elevará los costos de servicios telefónicos para la mayoría de los consumidores asiáticos, predice la Review. "La realidad es que, comparativamente, pocos usuarios en Asia aprovecharán los beneficios de las tarifas internacionales más baratas" que se anticipan con el traspaso a grandes corporaciones extranjeras, en su mayoría norteamericanas. En Indonesia, por ejemplo, sólo alrededor de 300.000 de 190 millones de personas hacen llamadas al exterior, y pertenecen específicamente al sector de negocios. "Es muy probable que, en general, el costo local de las telecomunicaciones aumente" en Asia, de acuerdo a David Barden, analista regional en telecomunicaciones de la J.P. Morgan Securities en Hong Kong. Pero eso es beneficioso, continúa : "si no hay rentabilidad en el negocio, no hay negocio". Y ahora que aún más propiedades públicas pasarán a manos de grandes corporaciones extranjeras, mejor que se les garantice rentabilidad –telecomunicaciones hoy, y mañana un área mucho más grande de servicios relacionados con ellas. La prensa económica predice que "las comunicaciones personales por Internet (incluyendo las redes e interacciones corporativas) dominarán las comunicaciones en cinco o seis años, y los operadores telefónicos tienen el mayor interés en entrar en el negocio "online". Contemplando el futuro de su propia compañía, el Director General de Intel, Andrew Grove, ve a Internet como "el mayor cambio en nuestro sector" en la actualidad. Él espera un crecimiento en gran escala de los "proveedores de conexión, la gente que trabaja en la generación de la World Wide Web, la gente que fabrica computadoras (con "gente" quiere decir corporaciones), y la industria de la publicidad, que ya maneja anualmente alrededor de 350 mil millones de dólares, y prevé nuevas oportunidades con la privatización de Internet, lo que se espera que la convierta en un oligopolio global.

Mientras tanto, las privatizaciones se suceden aprisa en todos lados. Para tomar un caso importante: con una considerable oposición popular, el gobierno de Brasil decidió privatizar la compañía Vale, que controla el uranio bruto, el hierro y otros recursos naturales e industriales y medios de transporte, incluyendo tecnología sofisticada. Vale es enormemente rentable, con unos ingresos en 1996 de más de 5 mil millones de dólares, y excelentes perspectivas para el futuro; es una de las 6 empresas latinoamericanas ubicadas entre las 500 más rentables del mundo. Un estudio hecho por especialistas de la Escuela de Graduados de Ingeniería en la Universidad Federal de Río estima que el gobierno ha subvaluado seriamente a la compañía, haciendo notar que para ello se basó en un análisis "independiente" de Merrill Lynch que, casualmente, está asociada con el conglomerado anglo americano que está tratando de adueñarse de este componente central de la economía brasileña. El gobierno niega airadamente estas relaciones. Si fueran correctas, como se podría suponer, formarían parte de un modelo muy conocido.

Comentario al margen: las comunicaciones no son exactamente lo mismo que el uranio. Cuando hay al menos una pretensión de democracia, las comunicaciones son el meollo de la cuestión. La concentración de las comunicaciones en las manos de quien sea (particularmente si son manos extranjeras), plantea serias preguntas sobre la profundidad de esa democracia. Los mismos interrogantes se plantean sobre la concentración en las finanzas, que mina la participación popular en la planificación social y económica. El control sobre los alimentos plantea problemas todavía más serios, en este caso sobre la supervivencia. Hace un año, el Secretario General de la Organización para la Alimentación y la Agricultura de la ONU (FAO), discutiendo sobre la "crisis de alimentos que siguió a los grandes aumentos en los precios de cereales este año", advirtió que los países "deben tornarse más autosuficientes en la producción de alimentos", según informó el Financial Times. La FAO está alertando a los "países en vías de desarrollo" para que reviertan las políticas que les fueron impuestas por el "Consenso de Washington", políticas que han tenido un desastroso impacto en muchas partes del mundo, a la par que otorgan grandes ayudas a los agronegocios subsidiados –de paso también al narcotráfico, quizá el éxito más dramático de las reformas neoliberales, si se lo juzga según los "valores del libre mercado" que "los EE.UU. están exportando".

El control de las reservas alimenticias por los gigantes corporativos internacionales está en camino, y con el acuerdo sobre las telecomunicaciones firmado y en marcha, los servicios financieros son los siguientes en la lista.

En resumen, las consecuencias que se esperan de la victoria de los "valores norteamericanos"en la OMC son: 1) una "nueva herramienta" de largo alcance para la intervención de EE.UU. en los asuntos internos de otros países; 2) la transferencia de un crucial sector de las economías extranjeras a corporaciones con base estadounidense 3) beneficios para ciertos sectores de negocios y para los ricos; 4) transferencia de costos hacia la población en general; 4) armas nuevas y potencialmente poderosas contra quienes amenazan a la democracia.

Una persona racional podría preguntar si estas expectativas son motivo de la celebración (por la victoria de los "valores americanos") o si se derivan de la victoria de principios celebrados como parte del compromiso con valores más elevados. El escepticismo surge inevitablemente al comparar la imagen de la era de posguerra que nos da el Time con hechos incontrastables. Esto se remarca aún más con una mirada a algunas de las sorprendentes regularidades históricas; entre ellas, la de que los que están en posición de imponer sus proyectos no sólo los saludan con entusiasmo sino que además se benefician con ellos, tanto si los valores profesados tienen que ver con el libre comercio u otros grandes principios –que resultan en la práctica perfectamente ajustados a las necesidades de los que manejan el juego y se alegran de los resultados. La pura lógica sugiere un toque de escepticismo cuando el modelo se repite y la historia debiera hacer que aumentáramos ese escepticismo.

En realidad, ni siquiera debiéramos buscar tan lejos.

Un foro inapropiado

El mismo día en que desde su primera página estaban informando sobre la victoria de los valores norteamericanos en la Organización Mundial de Comercio, los editores del New York Times advirtieron a la Unión Europea que no se dirigiera a la OMC para llevar adelante sus acusaciones de violación de acuerdos de libre comercio contra los EE.UU. Cercano a este tema está el Acta Helms-Burton, que "compele a EE.UU. a imponer sanciones contra compañías extranjeras que hagan negocios con Cuba". Las sanciones "efectivamente excluirán a esas compañías de exportar a EE.UU. o hacer negocios en EE.UU., aun si los productos y actividades no tienen nada que ver con Cuba" (Peter Morici, ex Director de Economía de la Comisión Internacional de Comercio de EE.UU.) No es poco castigo, aun sin contar con las más directas amenazas contra los individuos y las compañías que cruzan una línea que Washington traza unilateralmente. Los editores consideran el Acta como un "erróneo intento del Congreso de imponer su política exterior a otros": Morici se opone debido a que "crea más costos que beneficios para EE.UU." En relación más amplia con el tema está el propio embargo, "la estrangulación económica de Cuba por los norteamericanos", que los editores califican como "un anacronismo de la guerra fría", que es mejor abandonar porque está resultando dañino para los intereses norteamericanos.

Pero no plantean cuestiones más amplias, como lo correcto o lo incorrecto de esas medidas; todo el asunto es "esencialmente una disputa política", remarcan los editores del Times, sin referirse a las "obligaciones de libre comercio" de Washington. Como la mayoría, los editores aparentemente dan por sentado que si Europa insiste, la OMC probablemente dictamine en contra de los EE.UU. Por lo tanto, la OMC no es un foro apropiado.

La lógica es simple, y estandarizada. Hace diez años, con los mismos fundamentos, la Corte Internacional de Justicia fue considerada un foro inapropiado para juzgar los cargos que Nicaragua hacía a los EE.UU. EE.UU. objetó la jurisdicción de la CIJ, y cuando ésta condenó a EE.UU. por "uso ilegal de la fuerza", ordenando a Washington que cesara su terrorismo internacional, violación de los tratados e ilegal guerra económica, y a pagar sustanciales reparaciones, el Congreso controlado por los demócratas reaccionó de inmediato intensificando sus actos criminales, mientras que la Corte fue terminantemente denunciada por los cuatro costados como un "foro hostil" que se había desacreditado a sí misma fallando en contra de los EE.UU. Apenas se informó sobre el fallo de la Corte, no incluyendo las palabras citadas y el juicio expreso de que la ayuda a los contras por parte de EE.UU.era "militar" y no "humanitaria". A la par de la dirección norteamericana de las fuerzas terroristas, la ayuda continuó hasta que EE.UU. impuso su voluntad, siempre llamándola "ayuda humanitaria". Las historias públicadas se atienen a las mismas convenciones.

Estados Unidos vetó después una resolución del Consejo de Seguridad llamando a todos los Estados a observar la ley internacional (hecho del que se informó muy poco) y votó solo (con El Salvador e Israel) contra una resolución de la Asamblea General llamando a una "completa e inmediata obediencia" hacia los fallos de la Corte –de lo que no se informó en la prensa principal, -que tampoco lo hizo al año siguiente cuando la votación se repitió y esta vez EE.UU. quedó solamente con Israel como soporte. Todo el asunto viene a ser una ilustración típica sobre cómo EE.UU. usó a la ONU como un "foro" para imponer "sus propios valores".

Volviendo al caso actual de la OMC, en noviembre de 1996 Washington votó solo (con Israel y Uzbekistán) contra una Resolución de la Asamblea General, respaldada por la Unión Europea en pleno, conminando a EE.UU. a levantar el embargo a Cuba. La Organización de los Estados Americanos había ya votado unánimemente por el rechazo al Acta Helms-Burton, y había solicitado a su cuerpo jurídico (la Corte Interamericana de Justicia) que legislara sobre su legalidad. En agosto de 1996, la CIJ dictaminó por unanimidad que el Acta violaba la legislación internacional. Un año antes, la Comisión Interamericana de Derechos Humanos de la OEA había condenado las restricciones de EE.UU. a los embarques de alimentos y medicinas para Cuba, considerándolos una violación a las leyes internacionales. La Administración Clinton respondió que el cargamento de medicinas no fue literalmente detenido, sino entorpecido con condiciones tan onerosas y amenazantes que aún las más grandes corporaciones americanas y extranjeras no estuvieron dispuestas a afrontar las consecuencias (fuertes penalidades económicas y prisión por lo que Whasington juzga como violaciones a una "apropiada distribución", prohibición de barcos y aeronaves, orquestación de campañas de prensa, etc.). Y mientras que realmente se impiden los embarques de alimentos, la Administración afirma que hay "muchos proveedores" en otros lados (a costos mucho más altos), de modo que la violación directa de leyes internacionales no es una violación.

Cuando el asunto fue llevado por la Unión Europea a la Organización Mundial de Comercio, EE.UU. se retiró de las sesiones siguiendo el modelo empleado ante la CIJ, llevando el asunto a un punto muerto.

El mundo que EE.UU. ha intentado "crear a su imagen", a través de instituciones internacionales, es un mundo basado en la ley de la fuerza. La "pasión americana por el comercio libre"implica que el gobierno de EE.UU. pueda violar los acuerdos comerciales como se le antoje. No hay problemas cuando las comunicaciones, las finanzas y las reservas alimenticias son transferidas a grandes corporaciones extranjeras (generalmente norteamericanas). Las cosas son diferentes, sin embargo, cuando los acuerdos comerciales y la ley internacional interfieron con los proyectos de los poderosos.

Aprendemos más todavía cuando investigamos las razones de los rechazos de EE.UU. al cumplimiento de leyes internaciones y acuerdos comerciales. En el caso de Nicaragua, el Consejero Legal del Departamento de Estado, Abraham Soafer, explicó que cuando EE.UU. aceptó la Jurisdicción de la Corte Mundial en la década de los ´40, la mayoría de los miembros de las Naciones Unidas "estaban alineados con los EE.UU. y compartía sus puntos de vista sobre el orden mundial". Pero ahora, "una gran parte de ellos no puede contarse entre los que comparten nuestra visión de la concepción constitucional original de la Carta de las Naciones Unidas" y "Esta misma mayoría se opone a menudo a los EE.UU. en importantes cuestiones internacionales". Es por eso entendible que EE.UU. sea, por lejos, el primer país que desde la década del ´60 viene vetando las resoluciones de las Naciones Unidas en una amplia gama de temas que incluye leyes internacionales, derechos humanos, protección ambiental, etc. (el Reino Unido va segundo, y Francia le sigue en un distante tercer puesto). Esto es precisamente lo contrario de la versión estandarizada y repetida más arriba en el párrafo inicial. EE.UU. incrementó su liderazgo con otro punto más después de que se hiciera esta cuenta, imponiendo su veto número 71 desde 1967, cuando la cuestión de los asentamientos israelíes en Jerusalén se trató en la Asamblea General: EE.UU. e Israel fueron los únicos en oponerse; otra vez el modelo conocido.

Sacando las conclusiones naturales acerca de la poca confiabilidad del mundo, Sofaer explica que ahora debemos "reservarnos el poder de determinar si la Corte tiene jurisdicción sobre nosotros en cada caso en particular". El principio, de larga data, ahora ejercitado en un mundo que ya no es obediente, es que "EE.UU. no acepta jurisdicción compulsiva en ninguna disputa que comprenda asuntos que escencialmente pertenecen a la jurisdicción interna de los EE.UU.", tal como la determinan los EE.UU". Los "asuntos internos" en cuestión eran los ataques norteamericanos a Nicaragua.

Este principio operativo básico fue elegantemente formulado por la nueva Secretaria de Estado, Madeleine Albright, cuando disertó ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas sobre la renuencia del Consejo a aceptar las demandas de EE.UU. en lo concerniente a Iraq: EE.UU. "procederá con otros, multilateralmente cuando podamos, y unilatelarmente cuando debamos", reconociendo que no existen restricciones externas en un área juzgada como "vital para los intereses nacionales", tal como la determinan los EE.UU. Las Naciones Unidas son un foro apropiado cuando sus miembros "pueden ser contados" entre quienes comparten los puntos de vista de Washington, pero no cuando la mayoría "se opone a los Estados Unidos en cuestiones internacionales importantes". La ley internacional y la democracia son cosas buenas –pero juzgadas por su resultado, no por su proceso-; igual que el libre comercio.

La actual postura de EE.UU. en el caso de la OMC no rompe, por lo tanto, con las nuevas bases. Washington declaró que la OMC "no tiene competencia para proceder" en un asunto de seguridad nacional de EE.UU; tenemos que entender que nuestra existencia está en juego en la estrangulación de la economía cubana. Una decisión de la OMC contra EE.UU., en ausencia de EE.UU., no tendría importancia ni sería preocupante, dijo un vocero de la administración Clinton, porque "no creemos que nada de lo que la OMC diga o haga pueda forzar a EE.UU. a cambiar sus leyes". Recordemos que el gran mérito que tiene el acuerdo sobre telecomunicaciones de la OMC es que esta "nueva herramienta de política exterior" fuerza a otros países a cambiar sus leyes y prácticas, de acuerdo con nuestras demandas.

El principio es que EE.UU. está exento de la interferencia de la OMC en sus leyes, así como es libre de violar las leyes internacionales según su deseo; exclusivamente, aunque el privilegio puede extenderse a sus Estados clientes si las circunstancias lo requieren. Otra vez, los principios fundamentales del orden mundial resuenan fuertes y claros.

Los acuerdos anteriores del GATT habían permitido excepciones basadas en la seguridad nacional, y por ellas, Washington había justificado su embargo a Cuba como "medidas tomadas en la persecusión de intereses esenciales para la seguridad de EE.UU.". El acuerdo del GATT también permitía a un miembro adoptar "cualquier acción que considere necesaria para la protección de sus intereses esenciales de seguridad", pero sólo en relación con asuntos determinados: materiales fisionables, tráfico de armas, y acciones "tomadas en tiempo de guerra u otras emergencias en las relaciones internacionales". Tal vez no deseando quedar en los registros oficiales con una expresión de extremo absurdo, la Administración Clinton no invocó formalmente la "excepción por motivos de seguridad nacional", a pesar de que dejó claro de que el asunto era de "seguridad nacional".

En el momento de escribir esto, la Unión Europea y EE.UU. están tratando de llegar a un acuerdo antes del 14 de abril, cuando está programado el comienzo de las sesiones de la OMC. Entretanto, el Wall Street Journal informa que Washington "dice que no cooperará con los paneles de la OMC, argumentando que la organización de comercio no tiene jurisdicción en asuntos de seguridad nacional".

Pensamientos indecentes

No se supone que la gente educada recuerde la reacción que se produjo cuando Kennedy trató de organizar acciones colectivas contra Cuba en 1961: México no podía acordar con eso, como explicó un diplomático, porque "si públicamente declaramos que Cuba es una amenaza para nuestra seguridad, cuarenta millones de mexicanos se morirían de risa". Aquí tomamos más seriamente las amenazas a la seguridad nacional.

No se registraron muertes por risa cuando el vocero de la Administración, Stuart Eizenstat, justificando el rechazo de Washington a los acuerdos de la OMC, "argumentó que Europa está desafiando tres décadas de política Norteamericana con Cuba, que se remontan hasta la Administración Kennedy", "que está enteramente dedicada a forzar un cambio en el gobierno de La Habana" (NYT). Corresponde una reacción sobria, presumiendo que EE.UU. tiene todo el derecho de destituir a otro gobierno; en este caso, utilizando la agresión, el terror en gran escala, y la estrangulación económica.

Esta suposición se mantiene incólumne, pero la declaración de Eizenstat fue criticada desde posiciones más cercanas por el historiador Arthur Schlesinger. Escribiendo "como alguien involucrado en la política de la Administración Kennedy hacia Cuba", Schlesinger señala que el Subsecretario de Comercio Eizenstat ha malentendido la política de la Administración Kennedy. Su preocupación era la "perturbación que Cuba producía en el hemisferio" y la "conexión soviética". Pero todo eso quedó atrás, de modo que la política de Clinton es un anacronismo aunque, por lo demás, pareciera inobjetable.

Schlesinger no explica el sentido de las frases "perturbación en el hemisferio" y "la conexión soviética", pero lo ha hecho en otro lado, secretamente. Al informar al presidente electo sobre las conclusiones de la Misión Latinoamericana de 1961, Schlesinger aclaró minuciosamente el problema de "la perturbación que significa Castro": es "la difusión de la idea de Castro de tomar los asuntos con las propias manos", un problema serio, agregaba poco después, cuando "la distribución de tierra y otras formas de riqueza nacional favorecían ampliamente a las clases propietarias... (y) los pobres y desposeídos, estimulados por el ejemplo de la revolución cubana, están ahora demandando la oportunidad de tener una vida decente" Schlesinger también explicaba la amenaza de la "conexión soviética": "Entretanto, la Unión Soviética revolotea alrededor, otorgando grandes préstamos para el desarrollo y presentándose como el modelo para lograr la modernización en una sola generación". La "conexión soviética" fue percibida de un modo similar en términos generales en Washington y Londres, desde los orígenes de la guerra fría en 1917 hasta la década de los ´60, cuando el registro documental se cierra (para el público).

Schlesinger también recomendaba al presidente entrante "un machacón discurso rimbombante" sobre las altas metas de la cultura y el espíritu" "que van a encantar a la audiencia al sur de la frontera, donde las disquisiciones metahistóricas son desmedidamente admiradas". Mientras tanto, nosotros nos ocuparemos de asuntos serios. Sólo para mostrar cuánto cambian las cosas, Schlesinger también criticó, con realismo "la funesta influencia del Fondo Monetario Internacional", que entonces perseguía la versión 1950 del actual "Consenso de Washington" ("ajuste estructural", "neoliberalismo")

Con estas (secretas) explicaciones sobre las "perturbaciones de Castro en el Hemisferio", y la "conexión soviética", nos acercamos un paso más a una comprensión de la realidad de la Guerra Fría. Pero ése es otro tema.

Similares perturbaciones más allá del hemisferio no han sido un problema menor, y continúan difundiendo peligrosas ideas entre gente que "ahora está demandando la oportunidad de una tener una vida decente ". A finales de febrero de 1996, mientras EE.UU. estaba indignada porque Cuba había derribado dos aviones de un grupo anticastrista con base en Florida, que sistemáticamente violaba el espacio aéreo cubano tirando panfletos sobre La Habana incitando a los cubanos a la revuelta (participaban también de contínuos ataques terroristas contra Cuba, según fuentes cubanas), las Agencias de noticias trasmitían distintas historias. AP informaba que en Sudáfrica, "una alegre, cantarina multitud daba la bienvenida a médicos cubanos" que habían arribado a invitación del gobierno de Mandela "para promover un sistema de salud público en las áreas rurales pobres". "Cuba tiene 57.000 médicos para sus 11 millones de personas, comparado con 25.000 en Sudáfrica para 40 millones de personas". Los 101 médicos cubanos incluían especialistas de primera clase quienes, si hubieran sido sudafricanos, "probablemente habrían estado trabajando en Ciudad del Cabo o en Johanesburgo" por el doble del salario que recibirían en las áreas rurales pobres. "Desde que comenzó en Argelia en 1963, el programa de enviar especialistas de salud al exterior, Cuba envió 51.820 médicos, dentistas, enfermeras y otros especialistas en medicina" a "las naciones más pobres del Tercer Mundo", proveyendo "ayuda médica completamente gratis" en la mayoría de los casos. Un mes después, expertos médicos cubanos fueron invitados a Haití para estudiar una epidemia de meningitis.

Esta clase de perturbaciones comenzó hace mucho tiempo. Un importante periódico de Alemania Occidental (Die Zeit) informó que los países del Tercer Mundo consideran a Cuba como "una potencia internacional", debido a sus maestros, trabajadores de la construcción, médicos y otros profesionales que están involucrados en el "servicio internacional". En 1985, se informa, 16.000 cubanos trabajaban en países del Tercer Mundo, más del doble que el total del Cuerpo de Paz y los especialistas en SIDA provenientes de los EE.UU. Para 1988, Cuba tenía "más médicos trabajando en el exterior que cualquier país industrializado, y más que la Organización Mundial de la Salud de las Naciones Unidas". La mayor parte de esta ayuda no tiene compensación económica y los "emisarios internacionales" cubanos son "hombres y mujeres que viven en condiciones que la mayoría de los trabajadores de ayuda internacional de los países desarrollados no aceptarían", lo cual constituye "la base de su éxito". "Para los cubanos", continúa el informe, "el servicio internacional" es considerado con "un signo de madurez política" y se enseña en las escuelas como "la máxima virtud". La cálida recepción que la delegación del CNA de Sudáfrica ofreció a los cubanos en 1996, y la multitud que cantaba "larga vida a Cuba", son prueba del mismo fenómeno.

Por otro lado, podríamos preguntarnos cómo reaccionaría EE.UU. si aviones libios volaran sobre Nueva York o Washington tirando panfletos que inciten a los norteamericanos a la revuelta, después de años de ataques terroristas contra blancos estadounidenses en el propio territorio y en el exterior. ¿Coronándolos con flores, tal vez? Barrie Dunsmore, de ABC, nos dió una clave para responder a esto, unas semanas antes de que fueran derribados los dos aviones. Al citar a Walter Porges, el ex vicepresidente de News Practices de"ABC News", Porges informó que cuando una tripulación de periodistas de la ABC, en un avión civil, intentó tomar fotografías de la Sexta Flota estadounidense en el Mediterráneo, "se le ordenó retirarse inmediatamente bajo amenaza de ser derribado" "lo que sería legal bajo las reglamentaciones de la Ley Internacional que define el espacio aéreo militar". Pero un pequeño país bajo el ataque de una superpotencia es una cuestión diferente.

Podría ser útil mirar más lejos en la historia. La política de derrocar al gobierno de Cuba no se retrotrae a la administración Kennedy, como afirma Eizenstat, sino a su predecesor: la decisión formal de derrocar a Castro a favor de un régimen "más devoto a los verdaderos intereses de los cubanos y más aceptable para los EE.UU." fue tomada en secreto en marzo de 1960, con el agregado de que la operación debía ser llevada a cabo "de manera que evitara cualquier apariencia de intervención norteamericana", debido a la reacción esperada en América Latina y a la necesidad de aliviar la carga de quienes diseñaron esta estratega en EE.UU. En ese momento la "conexión soviética" y las "perturbaciones en el hemisferio" eran nulas, salvo en la versión de Schlesinger.

Dado que Washington es el árbitro de los "verdaderos intereses de los cubanos", se hizo innecesario para la adminsitración Eisenhower poner atención a los estudios de opinión pública, que informaban sobre el apoyo popular a Castro y el optimismo popular sobre el futuro. Por razones similares, la actual información sobre estas cuestiones no se toma en cuenta. La Administración Clinton está sirviendo los verdaderos intereses de los cubanos imponiéndoles miseria y hambre, independientemente de lo que indiquen los estudios de opinión; por ejemplo, la encuenta dada a conocer en diciembre de 1994 por un asociado a la organización Gallup, que encontró que la mitad de la población considera el embargo como "la causa principal de los problemas de Cuba", mientras que el 3% encuentra que la "situación política" es el "más serio problema que enfrenta Cuba hoy"; que el 77% considera a EE.UU. como el "peor enemigo" (ningún otro país alcanzó el 3%); que en una proporción de 2 contra 1 la población siente que la revolución ha tenido más aciertos que fallas, siendo la "principal falla" "el haber dependido de países socialistas como Rusia, que nos traicionó"; y que la mitad de los cubanos se describen a sí mismos como "revolucionarios" y otro 20% como "comunistas" o "socialistas".

Correctas o erróneas, las conclusiones sobre las actitudes públicas son irrelevantes; otra vez un modelo conocido, también en los EE.UU.

Los aficionados a la historia deberían recordar que la política actual se remonta a la década de 1820, cuando las intenciones de Washington de tomar el control sobre Cuba fueron bloqueadas por la fuerza disuasoria británica. Cuba era considerada por el Secretario de Estado John Quincy Adams como "un objeto de trascendente importancia para los intereses comerciales y politicos de nuestra Union", pero aconsejaba paciencia: con el tiempo, predecía, Cuba caería en las manos de EE.UU. por "las leyes de... gravitación política", como fruta madura para cosechar. Y así sucedió, ya que las relaciones de poder cambiaron lo suficiente como para que EE.UU. pudiera liberar a la isla (de su gente) a finales del siglo, convirtiéndola en una plantación de EE.UU. y un paraíso para la mafia y los turistas.

La raigambre histórica del compromiso de gobernar a Cuba podría ayudar a entender el elemento de histeria tan evidente en la ejecución de la empresa; por ejemplo, la atmósfera "casi salvaje" de la primera reunión de gabinete después del fracaso de la invasión de Bahía de los Cochinos, descripta por Chester Bowles, la "casi frenética reacción en busca de un programa de acción", una disposición reflejada en las declaraciones públicas del presidente Kennedy sobre cómo la inacción nos dejaría "a punto de ser arrojados entre los despojos de la historia". Las iniciativas de Clinton, públicas y encubiertas, revelan una similar veta de fanatismo vengativo, mientras que sus amenazas y acciones legales aseguraron que "el número de compañías con licencia de EE.UU. para vender (medicinas) en Cuba ha caído a menos de 4% "del porcentaje anterior al Acta por la Democracia Cubana (ADC) de octubre de 1992, mientras "sólo unas pocas compañías farmacéuticas en el mundo han intentado hacer frente a las regulaciones de EE.UU" y sus penalizaciones, informa una importante revista médica británica.

Consideraciones como ésas nos llevan del plano abstracto de la ley internacional y los acuerdos solemnes a las realidades de la vida humana. Los juristas pueden debatir si la prohibición de alimentos (en vigencia) y medicinas, violan los acuerdos internacionales que afirman que "el alimento no puede ser usado como instrumento de presión política y económica" (Declaración de Roma, 1996) y otros principios. Pero las víctimas tienen que vivir con el hecho de la ADC ha resultado una grave reducción del comercio de suministros médicos legítimos y de las donaciones de alimentos, en perjuicio del pueblo cubano" (Joanna Cameron, Fletcher Forum).

Un estudio publicado recientemente por la Asociación Americana para la Salud Mundial (American Association for World Health) llega a la conclusión de que el embargo ha causado serios déficit nutricionales, deterioro en la provisión de agua potable y una brusca declinación en la disponibilidad de medicinas y de información médica, que condujo a la disminución del índice de natalidad, epidemias neurológicas y otras enfermedades que causaron decenas de miles de víctimas, así como otras graves consecuencias para la salud. "Los estándares de salud y nutrición han sido devastados con la reciente intensificación del embargo, que lleva 37 años y que incluye la importación de alimentos", escribe Victoria Brittain en la prensa británica, informando sobre un estudio de un año realizado por especialistas norteamericanos, que encontró que "niños hospitalizados yacían en agonía porque se les niega el acceso a drogas esenciales" y que los médicos estaban obligados a "trabajar con equipos eficientes menos que a medias, debido a que no tienen repuestos". En otros estudios actuales de revistas médicas se llega a conclusiones similares.

Estos son crímenes reales, mucho más que las violaciones informales y meditadas de los instrumentos legales que se usan como armas contras los enemigos oficiales, con el cinismo que sólo los verdaderamente poderosos pueden demostrar.

Para ser justos, debería agregarse que, a veces, también se informa en EE.UU. del sufrimiento causado por el embargo. Un artículo central en la sección de negocios del New York Times es encabezada de este modo: "Explosión de los precios de cigarros cubanos: ahora el embargo realmente duele porque los grandes cigarros se han vuelto escasos". El artículo informa sobre las tribulaciones de los ejecutivos de negocios en un "lujoso salón para fumar" en Manhattan, que se lamentan "de que es realmente difícil obtener un cigarro cubano en EE.UU", excepto a "precios que atragantan a los más devotos fumadores".

Mientras que la Administración Clinton, explotando el privilegio de los poderosos, atribuye las crueles consecuencias de una guerra económica sin precedentes en la historia moderna a las políticas del régimen del cual promete "liberar" al sufriente pueblo cubano, una conclusión más plausible es mucho más cercana a lo contrario: la "estrangulación económica de Cuba, "llevada a cabo por EE.UU." ha sido concebida, mantenida -e intensificada luego de la Guerra Fría-, por las razones implícitas en el informe de Arthur Schlesinger al presidente electo Kennedy. Como temía la Misión Latinoamericana de Kennedy, el éxito de programas para mejorar la salud y los estándares de vida habían ayudado a difundir "las ideas de Castro de resolver por sí mismos sus propios asuntos", estimulando "a los pobres y desamparados" de la región con la peor desigualdad del mundo a "demandar la oportunidad de tener una vida decente", con poderosos efectos que van más allá de eso. Hay pruebas documentales sustanciales y convincentes, apoyadas por acciones consistentes basadas en motivos completamente racionales, que no le dan la menor credibilidad a estas afirmaciones. Para evaluar la reivindicación de que estas políticas emanan de la preocupación por los derechos humanos y la democracia, un ligero vistazo a la evidencia es más que suficiente, al menos para aquellos que incluso pretenden ser serios.

En todo caso, es inoportuno tener ideas o recuerdos sobre esos asuntos cuando celebramos el triunfo de "los valores norteamericanos". Tampoco se supone que recordemos que hace unos pocos meses, inspirado por la misma pasión por el libre mercado, Clinton "presionó a México a cerrar un acuerdo que pusiera fin a los envíos de tomates baratos a los EE.UU.", un regalo a los productores de Florida que le costó a México alrededor de $800 millones anuales, y que viola tanto los acuerdos del NAFTA como de la OMC (aunque sólo "en espíritu", porque éste fue un acuerdo directo de poderes, y no requirió tarifas oficiales). La Administración explicó la decisión directamente: los tomates mexicanos son más baratos y los consumidores norteamericanos los prefieren. El mercado libre funciona, pero con resultados erróneos. O tal vez los tomates también son una amenaza para la seguridad nacional.

Con seguridad: los tomates y las telecomunicaciones están en muy diferentes categorías. Cualquier favor que Clinton les deba a los productores de Florida queda empequeñecido por los requerimientos de la industria de las telecomunicaciones, sin tener en cuenta el hecho que Thomas Ferguson describe como "el secreto mejor guardado de la elección 1996": que "más que cualquier otro bloque en particular, fue el sector de las telecomunicaciones el que salvó a Bill Clinton, "quien recibió una sustancial contribución a su campaña de "este sector asombrosamente rentable". El Acta de Telecomunicaciones de 1996 y el acuerdo de la OMC son, en algún sentido, notas de "agradecimiento", a pesar de que es improbable que el resultado hubiera sido muy distinto si una diferente mezcla de generosidades hubiera surgido del mundo de los negocios mundiales, que sufría en ese momento de lo que Business Week había llamado recientemente ganancias "espectaculares" en otra "Fiesta Sorpresa para la América de las Corporaciones".

Entre las verdades a ser olvidadas figuran prominentemente las brevemente mencionadas más arriba: el récord actual del "rudo individualismo reaganista" y del "evangelio del libre mercado", que fue predicado (para los pobres y desprotegidos) mientras el proteccionismo alcanzaba alturas sin precedentes y la Administración invertía fondos públicos en las industrias de alta tecnología con inusual desenfreno. Aquí comenzamos a alcanzar el quid de la cuestión. Las razones del escepticismo sobre la "pasión" que hemos estado analizando son suficientemente válidas, pero hay un pie de página para la verdadera historia: cómo las corporaciones estadounidenses llegaron a estar tan bien ubicadas como para adueñarse de los mercados internacionales, inspirando la actual celebración de los "valores americanos".

Pero esto, otra vez, es una historia más larga, que nos dice mucho acerca del mundo contemporáneo: sus realidades sociales y económicas, y el control de ideología y doctrina, incluyendo las doctrinas elaboradas para inducir a la falta de esperanzas, la resignación y la desesperación.
 
 

Tomado de: Znet en español

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