INFORME
SOBRE LA TIERRA:
Douglas
Adams
Título original: Mostly
Harmless
Traducciónr: Benito Gómez
Ibáñez
©
1992 by Douglas Adams and Pan Books, Londres
© 1992 Editorial Anagrama
S.A. P. de la Creu 58, Barcelona
Depósito Legal B.34800-1994
Escaneado por Sadrac, Junio
de 2000
Bywater por su apoyo, ayuda e insultos
constructivos.
Todo lo que
ocurre, ocurre.
Todo lo que al
ocurrir, origina otra cosa, hace que ocurra algo más.
Todo lo que al
ocurrir, vuelve a originarse, ocurre de nuevo.
Aunque todo ello
no ocurre necesariamente en orden cronológico.
1
La historia de la
Galaxia se ha vuelto un poco confusa por una serie de motivos. En parte porque
los que intentan seguirle la pista andan un poco perplejos, pero también porque
de todos modos han ocurrido cosas muy desconcertantes.
Una de las
complicaciones se refiere a la velocidad de la luz y a los consiguientes
obstáculos para rebasarla. Es imposible. Nada viaja más deprisa que la
velocidad de la luz con la posible excepción de las malas noticias, que
obedecen a sus propias leyes particulares. Los habitantes de Hingefreel, de
Arkintoofle Menor, trataron de construir naves impulsadas por malas noticias,
pero no les salió muy bien y, cuando Ilegaban a algún sitio donde realmente no
tenían nada que hacer, solían dispensarles un recibimiento de lo más
desagradable.
De manera que, en
general, los pueblos de la Galaxia acabaron empantanados en sus propias
confusiones locales y, durante mucho tiempo, la historia de la Galaxia tuvo un
carácter marcadamente cosmológico.
Ello no quiere
decir que no fuesen emprendedores. Intentaron enviar naves a lugares remotos,
con fines guerreros o comerciales, pero normalmente tardaban miles de años en
llegar. Y cuando finalmente alcanzaban su destino, va se habían descubierto
otros medios de viajar que sorteaban la velocidad de la luz a través del
hiperespacio, de modo que las batallas a las que habían enviado las flotas
menos veloces que la luz ya estaban dirimidas desde hacía siglos.
Eso no impedía,
desde luego, que sus tripulaciones quisieran librarlas a toda costa. Estaban
entrenadas y dispuestas, habían dormido un par de milenios, venían desde muy
lejos a cumplir una dura misión, y por Zarquon que la cumplirían.
Entonces fue
cuando se produjeron las primeras confusiones importantes de la historia de la
Galaxia, con guerras que volvían a estallar siglos después de que las
cuestiones por las que al parecer se habían suscitado ya estuvieran arregladas.
No obstante, tales confusiones no eran nada comparadas con las que los
esforzados historiadores tenían que resolver una vez descubiertos los viajes a
través del tiempo, cuando empezaron a pre-estallar guerras cientos de años
antes de que se produjeran siquiera los contenciosos. Cuando apareció la
Propulsión de la Improbabilidad Infinita y planetas enteros empezaron
inesperadamente a volverse completamente majaras, la gran Facultad de Historia
de la Universidad de MaximégaIon acabó por tirar la toalla, cerrando sus
puertas y cediendo sus edificios a la Facultad conjunta de Teología y
Waterpolo, que experimentaba un rápido crecimiento y desde hacía años andaba
tras ellos.
Eso está muy
bien, desde luego, pero casi con toda seguridad significa que nadie sabrá
exactamente, por ejemplo, de dónde procedían los grebulones ni qué pretendían.
Y es una pena, porque si nadie hubiera sabido nada de ellos es posible que se
hubiera evitado una catástrofe de lo más terrible; o al menos hubiera ocurrido de
un modo diferente.
Clic, hum.
La enorme nave
gris de reconocimiento de los grebulones viajaba en silencio por el negro
vacío. Iba a una velocidad fabulosa, de vértigo, pero frente al destellante
marco de billones de estrellas remotas parecía no moverse en absoluto. No era
más que una mota oscura, fija sobre una noche infinita de brillantes
granulaciones.
A bordo de la
nave, todo seguía como desde hacía milenios: profundamente oscuro y silencioso.
Clic, hum.
Bueno, casi todo.
Clic, clic, hum.
Clic, hum, clic, hum, clic, hum.
Clic, clic, clic, clic, clic, hum.
Hummm.
Un programa de
control de nivel bajo despertó a un programa de control de nivel ligeramente
superior en las profundidades del semisoñoliento cibercerebro de la nave y le
informó de que siempre que emitía un clic lo único que recibía era un hum.
El programa de
control de nivel superior preguntó qué tenía que recibir, y el programa de
control de nivel bajo contestó que no lo recordaba exactamente, pero
probablemente una especie de suspiro lejano y satisfecho, ¿no? Ignoraba qué era
ese hum. Clic, hum, clic, hum. Eso era lo único que
recibía.
El programa de
control de nivel superior consideró la respuesta y no le gustó. Preguntó al
programa de control bajo qué era lo que estaba supervisando, y el programa de
control de nivel bajo contestó que tampoco se acordaba, sólo que era algo que
debía hacer clic y suspirar cada diez años o así, lo que normalmente ocurría
sin falta. Había intentado consultar su tabla de comprobación de errores pero
no la encontró, por lo que comunicó el problema al programa de control de nivel
superior.
El programa de
control de nivel superior fue a consultar una de sus tablas de comprobación de
errores para averiguar qué debía supervisar el programa de control de nivel
bajo.
No la encontró.
Qué raro.
Volvió a mirar.
Sólo recibió un mensaje de error. Intentó comprobar el mensaje de error en su
tabla de comprobación de mensajes de error pero tampoco la encontró. Volvió a
repetir la operación, dejando pasar unos nanosegundos. Luego despertó a su
control funcional de sector.
El control
funcional de sector detectó problemas evidentes. Llamó a su agente supervisor,
que también tropezó con dificultades. Al cabo de unas cuantas millonésimas de
segundo, circuitos virtuales que habían estado inactivos, unos durante años,
otros siglos, empezaron a dar señales de vida por toda la nave. En alguna parte
había algo que iba horriblemente mal, pero ninguno de los programas de control
sabía de qué se trataba. En todos los niveles faltaban las instrucciones
fundamentales, pero las directrices sobre qué hacer en caso de descubrir que
faltaran instrucciones fundamentales también faltaban.
Pequeños módulos
de soporte magnético -agentes- aparecieron en todas las pistas lógicas,
agrupándose, celebrando consultas, volviendo a agruparse. Rápidamente
establecieron que toda la memoria de la nave, hasta el mismo módulo de misión
central, estaba hecha un pingajo. Por muchas indagaciones que se hicieron, no
pudo determinarse lo que había sucedido. Incluso el módulo de misión central
parecía averiado.
Lo que hizo que
el problema pudiera abordarse de la forma más sencilla: cambiando el módulo de
misión central. Había otro, una copia de seguridad, duplicado exacto del
original. Debía sustituirse físicamente porque, por motivos de seguridad, no
podía realizarse interconexión alguna entre el original y la copia. Una vez
sustituido, el módulo de misión central se encargaría de supervisar la
reconstrucción del resto del sistema hasta el último detalle, y todo marcharía
bien.
Los robots
recibieron órdenes de sacar de la cámara acorazada, donde se guardaba, la copia
de seguridad del módulo de misión central para instalarla en la cámara lógica
de la nave.
Ello supuso un
largo intercambio de códigos y protocolos de emergencia mientras los robots
interrogaban a los agentes sobre la autenticidad de las instrucciones. Los
robots quedaron al fin satisfechos, todos los procedimientos eran correctos.
Desembalaron el módulo de misión central, lo sacaron de la cámara de
almacenamiento, se cayeron de la nave y se precipitaron vertiginosamente en el
vacío.
Lo que dio la
primera pista importante de lo que andaba mal.
Nuevas
investigaciones dejaron pronto aclarado lo que había sucedido. Un meteorito
había chocado con la nave, produciendo un enorme agujero. La nave no lo había
detectado antes porque el meteorito se estrelló precisamente en la parte que
contenía el equipo de proceso de datos que debía detectar si algún meteorito
entraba en colisión con la nave.
Lo primero que
había que hacer era tratar de cerrar el agujero. Resultó imposible, porque los
sensores de la nave fueron incapaces de localizarlo y los controles que debían
indicar cualquier fallo en los sensores no funcionaban como era debido y
repetían que los sensores marchaban perfectamente. La nave sólo podía deducir
la existencia de una cavidad por el hecho evidente de que los robots se habían
caído por un agujero, llevándose con ellos el cerebro de repuesto que hubiera
permitido detectarlo.
La nave trató de
pensar lógicamente, fracasó y se quedó un rato completamente en blanco. No se
dio cuenta de que se había quedado en blanco, claro está, porque se había
quedado en blanco. Sólo se sorprendió al ver brincar las estrellas. Al tercer
salto de estrellas, la nave comprendió al fin que debía haberse quedado en
blanco, y que ya era hora de tomar alguna decisión seria.
Se tranquilizó.
Entonces se dio
cuenta de que aún no había tomado ninguna decisión seria y le entró pánico.
Volvió a quedarse en blanco otro rato. Cuando volvió a activarse, cerró todos
los mamparos en torno a la zona donde suponía que estaba el agujero.
Evidentemente aún
no había llegado a su destino, pensó con vacilación, pero como ya no tenía la
menor idea del sitio adonde se dirigía ni de cómo llegar, le pareció que no
tenía mucho sentido seguir. Consultó los pocos fragmentos de instrucciones que
pudo reconstruir del pingajo de su módulo de misión central.
- Su misión anual
es aterrizar a distancia prudencial y vigilar
Lo demás era una
auténtica basura.
Antes de quedarse
en blanco permanentemente, la nave debía transmitir dichas instrucciones, tal
como estaban, a sus sistemas auxiliares más primitivos.
Además, tenía que
revivir a toda la tripulación.
Había otro
problema. Mientras la tripulación estaba en hibernación, la mente de todos sus
miembros, sus recuerdos, identidades y comprensión de lo que habían ido a
hacer, se había trasladado al módulo de misión central de la nave para que todo
ello se mantuviera en las debidas condiciones de seguridad. Los miembros de la
tripulación no iban a tener la menor idea de quiénes eran ni de qué estaban
haciendo allí. Vaya, hombre.
Poco antes de
quedarse definitivamente en blanco, la nave se percató de que los motores
también estaban cediendo.
La nave y su
revivida y confusa tripulación siguieron navegando bajo el control de los
sistemas automáticos auxiliares, que simplemente tendían a aterrizar siempre
que encontraban tierra y a vigilar todo lo que estuviese a su alcance.
En cuanto a lo de
encontrar algún sitio donde aterrizar, no se les dio muy bien. El planeta que
encontraron era frío, desolado, tan dolorosamente lejos del sol que debía
calentarlo que, para hacerlo parcialmente habitable, fueron necesarios todos
los mecanismos Ambient-O-Forma y los sistemas Sustent-O-Vida de que disponían.
En las proximidades había planetas mejores, pero como el Estrateg-O-Mat estaba
en modo Latente se decidieron por el planeta más lejano y discreto y, además,
nadie podía oponerse salvo el Primer Oficial Estratégico de a bordo. Como en la
nave todo el mundo había perdido la cabeza, nadie sabía quién era el Primer
Oficial Estratégico ni, en caso de que hubieran podido identificarlo, cómo
debía proceder para oponerse al Estrateg-O-Mat de la nave.
Pero en cuanto a
lo de encontrar algo que vigilar, dieron con una verdadera mina.
2
Una de las cosas
extraordinarias de la vida es la clase de sitios donde está dispuesta a
prosperar. En cualquier lugar donde pueda encontrar cierta especie de asidero.
Ya sea en los embriagadores mares de Santraginus V, donde parece que a los
peces les importa un bledo saber en qué dirección nadan, o en las tormentas de
fuego de Frastra, donde, según dicen, la vida empieza a los 40.000 grados, o
bien ahondando en el intestino delgado de una rata simplemente por puro placer,
la vida siempre encuentra un medio de aferrarse a alguna parte.
Y existirá vida
incluso en Nueva York, aunque es difícil saber por qué. En invierno la
temperatura cae bastante por debajo del mínimo legal o, mejor dicho, así sería
si alguien tuviera el sentido común de establecer un mínimo legal. La última
vez que elaboraron una lista de las cien cualidades más destacadas del carácter
de los neoyorquinos, el sentido común ocupaba el puesto setenta y nueve.
En verano hace
demasiado calor. Una cosa es pertenecer a una forma de vida que prospera con el
calor y considera, como los frastrianos, que una fluctuación entre 40.000 y
40.004 representa una temperatura estable, y otra muy distinta ser la especie
de animal que tiene que envolverse en montones de otros animales en un punto de
su órbita planetario, para luego encontrarse, media órbita después, con que la
piel se le está llenando de ampollas.
La primavera está
sobrevalorada. Muchos habitantes de Nueva York parlotean exageradamente sobre
los placeres de la primavera, pero si conocieran realmente los mínimos placeres
de esa estación sabrían por lo menos de cinco mil novecientos ochenta y tres
sitios mejores que Nueva York para pasar la primavera, y sólo en la misma
latitud.
El otoño, sin
embargo, es lo peor. Pocas cosas son peores que el otoño en Nueva York. Algunas
de las formas de vida que habitan en los intestinos delgados de las ratas no
estarían de acuerdo, pero como en cualquier caso la mayoría de las cosas que
viven en el intestino delgado de las ratas son desagradables, su opinión puede
y debe descontarse. En otoño, en Nueva York el aire huele a fritanga de cabra,
y si se es muy aficionado a respirar, lo mejor es abrir una ventana y meter la
cabeza dentro de un edificio.
A Tricia McMillan
le encantaba Nueva York. No dejaba de repetírselo. La parte alta del West Side.
Sí. El centro. Vaya, menudas tiendas. Soho. East Village. Ropa. Libros.
Sushi. Comida italiana. Comestibles finos. ¡Ah!
Cine. ¡Ah!, otra
vez. Tricia acababa de ver la última película de Woody Allen, que trataba de la
angustia de ser neurótico en Nueva York. Ya había hecho un par de ellas que
exploraban el mismo tema y Tricia se preguntaba si alguna vez se le había
ocurrido marcharse a vivir a otro sitio, pero le dijeron que era totalmente
contrario a la idea. Así que, más películas, pensó ella.
A Tricia le
encantaba Nueva York porque el hecho de que a uno le gustara esa ciudad suponía
una buena oportunidad de ascenso profesional. Buena oportunidad para comprar y
comer bien, no tan buena para coger un taxi ni disfrutar de aceras de gran
calidad, pero indudablemente era una buena baza profesional que se contaba
entre las mejores y de primer orden. Tricia era un personaje central de la
televisión, una presentadora, y Nueva York era donde se centraba la mayor parte
de la televisión mundial. Hasta entonces, Tricia había desarrollado su
actividad de presentadora principalmente en Gran Bretaña: noticias regionales,
luego el telediario del desayuno y después el primero de la noche. Si el
lenguaje lo permitiera podría habérsela denominado un personaje central en
rápida ascensión, pero..., bueno, hablamos de televisión, así que no importa.
Era un personaje en rápida ascensión. Tenía lo necesario: una cabellera
espléndida, profundo conocimiento estratégico del jarabe de pico, inteligencia
para comprender el mundo y una leve y secreta indiferencia interior que
revelaba un total desapego. A todo el mundo le llega el momento de la gran
oportunidad de su vida. Si se deja perder la que de verdad interesa, todo lo
demás resulta misteriosamente fácil.
Tricia sólo había
perdido una oportunidad. Por entonces, al pensar en ello ya no se ponía a
temblar tanto como antes. Suponía que esa pequeña parte de ella era lo que se
había apagado.
La NBS necesitaba
una nueva presentadora. Mo Minetti iba a tener un hijo y dejaba el programa
matinal USIAM. Le habían ofrecido una cantidad de dinero capaz de volver
tarumba a cualquiera para que diese a luz durante el programa pero, contra todo
pronóstico, se negó por motivos de buen gusto e intimidad personal. Equipos de
abogados de la NBS pasaron su contrato por un tamiz para ver si dichos motivos
eran legítimos, pero al final, de mala gana, tuvieron que dejarla marchar. Eso
les resultó especialmente mortificante, porque «dejar marchar a alguien de mala
gana» era una expresión que fácilmente podían aplicarles a ellos.
Se decía que, a
lo mejor, quizá no viniera mal un acento inglés. El pelo, el tono de piel y la
ortodoncia tenían que estar a la altura de una cadena de televisión
norteamericana, pero había un montón de acentos británicos dando gracias a sus
madres por los Oscar o cantando en Broadway, y cierto público insólitamente
numeroso prendido de acentos británicos con peluca en el Masterpiece Theatre.
Acentos británicos contaban chistes sobre David Letterman y Jay Leno. Nadie
entendía los chistes pero todos respondían muy bien al acento, así que, a lo
mejor, quizá fuese el momento. Un acento británico en USIAM. Bueno, venga.
Por eso estaba
allí Tricia. Por eso el hecho de que le encantase Nueva York era una espléndida
oportunidad profesional.
Ésa no era, desde
luego, la razón oficial. Su emisora de televisión en el Reino Unido no se
habría hecho cargo del billete de avión ni de la factura del hotel para que
ella fuese a buscar trabajo a Manhattan. Y como quería un salario diez veces
superior al que ahora recibía, quizá hubiesen considerado que era ella quien
debía correr con sus propios gastos. Pero Tricia inventó una historia, encontró
un pretexto, tuvo muy callado todo lo demás y la emisora se hizo cargo del
viaje. Billete de clase turista, claro está, pero era una cara conocida y,
sonriendo, logró un asiento en preferente. Las gestiones adecuadas le
consiguieron una estupenda habitación en el Brentwood y allí estaba, pensando
qué debía hacer a continuación.
Una cosa eran los
rumores y otra establecer contacto. Tenía un par de nombres, un par de números,
pero la hicieron esperar indefinidamente un par de veces y ya estaba de nuevo
en el punto de partida. Hizo sondeos, dejó recados, pero hasta el momento no
había recibido contestación. El trabajo que había venido a hacer lo despachó en
una mañana; el trabajo imaginario que buscaba sólo brillaba tentadoramente en
un horizonte inalcanzable.
Mierda.
Tomó un taxi a la
salida del cine para volver al Brentwood. El taxi no pudo arrimarse a la acera
porque una enorme limusina ocupaba todo el espacio disponible y Tricia tuvo que
apretarse contra ella para pasar. Dejó atrás el aire fétido a cabra frita y
entró en el vestíbulo, fresco y agradable. El fino algodón de la blusa se le
pegaba como mugre a la piel. Tenía el pelo como si lo hubiera comprado en una
verbena pegado a un palito. En recepción preguntó si tenía algún recado, con la
sombría impresión de que no habría ninguno. Pero sí había.
Vaya...
Bien.
Había dado
resultado. Tenía que haber ido al cine sólo para que sonara el teléfono. No
podía quedarse sentada en la habitación de un hotel, esperando.
Se preguntó si
debía abrir el recado allí mismo. Le picaba la ropa y ansiaba quitársela y
tumbarse en la cama. Había puesto el aire acondicionado en la posición más baja
de temperatura y en la más alta de ventilador. En aquel momento, lo que más le
apetecía en el mundo era tener carne de gallina. Una ducha caliente, luego una
ducha fría y después tumbarse sobre una toalla de nuevo en la cama, para
secarse con el aire acondicionado. Luego leería el recado. Quizá más piel de
gallina. A lo mejor, toda clase de cosas.
No. Su mayor
deseo era un trabajo en la televisión norteamericana con un sueldo diez veces
superior al que ahora tenía. Lo que más deseaba en el mundo ya no era una
cuestión vital.
Se sentó en una
butaca del vestíbulo, bajo una kentia, y abrió el sobre con ventana de celofán.
«Llama, por
favor», decía el recado. «No estoy satisfecha» y daba un número. El nombre era
Gail Andrews.
Gail Andrews.
No era el nombre
que esperaba. La cogió desprevenida. Lo reconoció, pero de momento no supo por
qué. ¿Era la secretaria de Andy Martin? ¿La ayudante de Hilary Bass? Martin y
Bass eran las dos Llamadas de contacto principales que había hecho, o intentado
hacer, a la NBS. ¿Y qué significaba aquello de «No estoy satisfecha»?
¿«No estoy
satisfecha»?
Estaba
absolutamente perpleja. ¿Era Woody Allen, que trataba de ponerse en contacto
con ella con un nombre supuesto? El número llevaba el prefijo 212. Así que era
una mujer que vivía en Nueva York. Y no estaba satisfecha. Bueno, eso reducía
un poco las posibilidades, ¿no?
Volvió a
dirigirse al recepcionista.
- No entiendo
este recado que acaba de entregarme - le dijo -. Una persona que no conozco ha
intentado llamarme y asegura que no está satisfecha.
El recepcionista
examinó la nota con el ceño fruncido.
- ¿Conoce a esta
persona? - inquirió.
- No - contestó
Tricia.
- Hummm - repuso
el recepcionista -. Parece que no está satisfecha por algo.
- Sí.
- Aquí hay un
nombre. Gail Andrews. ¿Conoce a alguien que se llame así?
- No.
- ¿Tiene alguna
idea de por qué no está satisfecha?
- No - contestó
Tricia.
- ¿Ha llamado a
ese número? Aquí hay un número.
- No. Acaba usted
de darme la nota. Solo intento recabar más información antes de llamar. Quizá
podría hablar con la persona que cogió la llamada.
- Hummm - dijo el
recepcionista, estudiando la nota atentamente. Me parece que no tenemos a nadie
que se llame Gail Andrews.
- No, me parece
muy bien - repuso Tricia -. Pero...
- Yo soy Gail
Andrews.
La voz sonó a
espaldas de Tricia. Se volvió.
- ¿Cómo dice?
- Soy Gail
Andrews. Me ha entrevistado usted esta mañana.
- Ya. Pues claro,
santo cielo - dijo Tricia, un tanto aturdida.
- Hace horas que
le dejé el recado. Como no me ha llamado, he venido. No quería que se me
escapase.
- Ah, no. Desde
luego - repuso Tricia, intentando zanjar el asunto cuanto antes.
- De eso no sé
nada - anunció el recepcionista, para quien arreglar las cosas cuanto antes no era
una cuestión decisiva -. ¿Quiere que le marque ahora este número?
- No, está bien,
gracias - le contestó Tricia -. Ya me ocupo yo.
- Puedo llamar a
esta habitación, si le sirve de ayuda - sugirió el recepcionista, mirando la
nota de nuevo.
- No, no es necesario,
gracias. Ése es el número de mi habitación. El recado era para mí. Creo que ya
está arreglado.
- Pues que usted
lo pase bien - concluyó el recepcionista.
Tricia no quería
especialmente pasarlo bien. Estaba ocupada.
Tampoco quería
hablar con Gail Andrews. Era muy estricta en lo que se refería a fraternizar
con los cristianos. Sus colegas llamaban cristianos a los sujetos de sus
entrevistas, y a veces se santiguaban cuando los veían entrar inocentemente en
el estudio para enfrentarse con Tricia, sobre todo si sonreía afectuosamente
enseñando Los dientes.
Se volvió con una
sonrisa petrificada, preguntándose qué hacer.
Gail Andrews era
una mujer bien arreglada de unos cuarenta y cinco años. Llevaba ropa cara que,
si bien dentro de los cánones permitidos por el buen gusto, se situaba
claramente en el extremo más fluctuante de sus límites. Era astróloga, famosa
y, si los rumores eran ciertos, bastante influyente; según decían, no era ajena
a una serie de decisiones tomadas por el difunto presidente Hudson que iban
desde qué sabor de nata montada tomar en qué día de la semana hasta si
bombardear o no Damasco.
Tricia se había
excedido un poco al atacarla. No en la cuestión de si las historias sobre el
presidente eran ciertas, eso era agua pasada. En aquella época, Ms. Andrews
negó rotundamente que hubiese aconsejado al presidente en asuntos que no fuesen
personales, espirituales o dietéticos, lo que evidentemente no incluía el
bombardeo de Damasco. («¡Damasco no, nada personal!», clamó entonces la prensa
sensacionalista.)
No, Tricia
utilizó hábilmente un enfoque centrado en el tema general de la astrología. Ms.
Andrews no había estado completamente preparada para eso. Por otro lado, Tricia
no estaba enteramente preparada para un nuevo encuentro en el vestíbulo del
hotel. ¿Qué hacer?
- Si necesita
unos minutos, puedo esperarla en el bar - dijo Gail Andrews -. Pero me gustaría
hablar con usted, y esta noche salgo de viaje.
Más que ofendida
o furiosa, parecía un tanto inquieta por algo.
- Muy bien -
contestó Tricia -. Déme diez minutos.
Subió a su
habitación. Aparte de todo lo demás, confiaba tan poco en que el empleado de la
recepción tuviese capacidad para ocuparse de algo tan complicado como dar un
recado, que quiso asegurarse doblemente de que no tenía una nota debajo de la
puerta. No sería la primera vez que los mensajes dados en recepción y los
recibidos por debajo de la puerta fuesen completamente distintos.
No había ninguno.
Pero la señal
luminosa del teléfono destellaba, indicando que tenía un recado.
Pulsó la tecla
correspondiente y le contestó la telefonista del hotel, que le anunció:
- Tiene usted un
recado de Gary Andress.
- ¿Sí? - contestó
Tricia. Era un nombre desconocido -. ¿Qué dice?
- Que no es
hippy.
- ¿No es qué?
- Hippy. Eso
dice. Ese individuo dice que no es hippy. Supongo que quería hacérselo saber.
¿Quiere su número?
Cuando empezó a
dictarle el número, Tricia comprendió de pronto que el recado no era sino un
versión confusa del que acababan de darle.
- Muy bien, ya
está - dijo -. ¿Hay más recados para mí?
- ¿Número de
habitación?
Tricia no
comprendía por qué la telefonista le había preguntado el número de su
habitación a aquellas alturas de la conversación, pero se lo dio de todas
formas.
- ¿Nombre?
- McMillan,
Tricia McMillan. Se lo deletreó, pacientemente.
- ¿No míster
MacManus?
- No.
- No hay más
mensajes para usted.
Clic.
Tricia suspiró y
volvió a marcar.
Esta vez le dio
de entrada su nombre y el número de habitación. La telefonista no dio la menor
señal de acordarse de que habían hablado menos de diez segundos antes.
- Estaré en el
bar - explicó Tricia -. En el bar. Si tengo alguna llamada, ¿querría pasármela
al bar, por favor?
- ¿Nombre?
Lo repitieron un
par de veces más hasta que Tricia tuvo la seguridad de que todo lo que podía
estar claro lo estaba dentro de lo posible.
Se duchó, se
cambió de ropa, se retocó el maquillaje con rapidez profesional y, mirando a la
cama con un suspiro, volvió a salir de la habitación.
A punto estuvo de
escabullirse y esconderse en algún sitio.
No. En realidad,
no.
Mientras esperaba
el ascensor, se miró en el espejo del pasillo. Tenía aspecto tranquilo y
seguro, y si era capaz de engañarse a sí misma, podría engañar a cualquiera.
Para zanjar la
cuestión, no tenía más remedio que ponerse desagradable con Gail Andrews. De
acuerdo, se lo había hecho pasar mal. Lo siento, pero todos estamos en ese
juego: esa clase de cosas. Ms. Andrews había aceptado la entrevista porque
acababa de publicar un libro, y salir en televisión era publicidad gratis. Pero
no había lanzamientos gratuitos. No, desechó esa argumentación.
Esto es lo que
había pasado:
La semana
anterior los astrónomos anunciaron que al fin habían descubierto un décimo
planeta, más allá de la órbita de Plutón. Hacía años que lo buscaban, guiándose
por determinadas anomalías orbitales de los planetas más lejanos, y ahora que
lo habían encontrado estaban tremendamente satisfechos y todo el mundo se
alegraba mucho, y así sucesivamente. El planeta recibió el nombre de Perséfone,
pero en seguida le llamaron Ruperto, mote derivado del loro de un astrónomo -en
torno a esto había una historia aburrida y sensiblera-, y todo era maravilloso
y encantador.
Por diversas
razones, Tricia había seguido la historia con sumo interés.
Entonces, cuando
intentaba encontrar una buena justificación para viajar a Nueva York a expensas
de su compañía de televisión, leyó por casualidad una reseña periodística sobre
Gail Andrews y su nuevo libro, Tú y tus planetas.
Gail Andrews no
era exactamente un nombre conocido, pero en cuanto se mencionaba el presidente
Hudson, nata montada y la amputación de Damasco (el mundo había avanzado desde
los ataques quirúrgicos; en realidad, el nombre oficial había sido
«Damascectomía», que significaba «extirpación» de Damasco), todo el mundo
recordaba quién era.
Tricia vio en
ello una idea interesante y se apresuró a convencer a su productor.
Desde luego, la
idea de que unos peñascos gigantescos que giraban en el espacio estuvieran al
corriente de algún aspecto desconocido del destino personal debía quedar bastante
en entredicho por el hecho de que repente apareciese por ahí un nuevo montón de
piedras cuya existencia se ignoraba hasta entonces.
Debía invalidar
algunos cálculos, ¿no?
¿Qué pasaba con
todas aquellas cartas astrales, movimientos planetarios y demás? Todos sabíamos
(claro está) qué ocurría cuando Neptuno estaba en Virgo y esas cosas, pero ¿qué
ocurría cuando el ascendiente estaba en Ruperto? ¿Tendría que reconsiderarse
toda la astrología? ¿No sería una buena ocasión para reconocer que no era sino
un montón de bazofia para cerdos y dedicarse en cambio a la cría de esos
animales, cuyos principios tenían cierta especie de fundamento racional? Si se
hubiera conocido tres años antes la existencia de Ruperto, ¿habría degustado el
presidente Hudson el sabor a moras los jueves en lugar de los viernes?
¿Seguiría Damasco en pie? Esa clase de cosas.
Gail Andrews se
lo había tomado relativamente bien. Empezó a recuperarse del asalto inicial
cuando cometió un error bastante grave: intentó librarse de Tricia hablando
alegremente de arcos diurnos, de ascensiones completas y de los aspectos más
abstrusos de la trigonometría tridimensional.
Descubrió pasmada
que todo lo que le había largado a Tricia le venía de vuelta a mayor velocidad
de la que ella era capaz de asimilar. Nadie había advertido a Gail que, para
Tricia, ser una estrella de televisión constituía su segunda actividad en la
vida. Tras el carmín Chanel, la coupe sauvage y las lentes de contacto azul
claro había un cerebro que había logrado por sí solo, en una fase anterior y
abandonada de su vida, una licenciatura cum laude en matemáticas y un doctorado
en astrofísica.
Al entrar en el
ascensor, Tricia, con cierta aprensión, se dio cuenta de que se había dejado el
bolso en la habitación y dudó en volver por él. No. Probablemente estaba más
seguro allí y no necesitaba nada en especial. Dejó qué la puerta se cerrase
tras ella.
Además, pensó con
un profundo suspiro, si algo había aprendido en la vida era esto: Nunca vuelvas
por el bolso.
Al iniciar el
descenso, contempló con atención el techo del ascensor. Quien no conociese bien
a Tricia McMillan habría pensado que ésa era exactamente la manera como a veces
se levantan los ojos cuando se intenta contener las lágrimas. Pero estaba
observando la minúscula cámara de seguridad montada en una esquina.
Un momento
después salió del ascensor y, a paso bastante vivo, se dirigió de nuevo al
mostrador de recepción.
- Bueno, voy a
escribirlo - anunció - porque no quiero que haya ninguna confusión.
Escribió su
nombre con letras mayúsculas, su número de habitación y «EN EL BAR», y tendió
el papel al recepcionista, que lo examinó.
- Por si acaso
hay algún mensaje para mí. ¿De acuerdo? El recepcionista siguió mirando la
nota.
- ¿Quiere que vea
si está en su habitación? - preguntó.
Dos minutos
después cruzó la puerta giratoria del bar y se sentó junto a Gail Andrews, que
estaba en la barra frente a una copa de vino blanco.
- Tenía la
impresión de que era usted de las personas que prefieren sentarse en la barra
en vez de discretamente a una mesa - le dijo.
Era cierto, y
pilló a Tricia un poco de sorpresa.
- ¿Vodka? -
sugirió Gail.
- Sí - convino
Tricia, recelosa. Apenas pudo reprimir la pregunta: «¿Cómo lo sabe?» Pero Gail
se lo dijo de todos modos.
- He preguntado
al barman - le explicó con una amable sonrisa.
El barman ya le
tenía preparado el vodka y, con un elegante movimiento, lo deslizó por la
reluciente caoba.
- Gracias - dijo
Tricia, removiendo bruscamente la copa.
No sabía cómo
interpretar aquella repentina amabilidad, y decidió no dejarse confundir por
ella. En Nueva York, la gente no era amable sin razón.
- Ms. Andrews -
dijo en tono firme -. Lamento que no esté satisfecha. Probablemente pensará que
esta mañana he sido un poco dura con usted, pero al fin y al cabo la astrología
no es más que un pasatiempo popular, lo que está muy bien. Forma parte de la
industria del espectáculo, le ha reportado a usted buenos beneficios, y eso es
todo. Es divertido. Pero no es una ciencia, y no debemos confundir las cosas.
Creo que eso es lo que hemos demostrado perfectamente esta mañana, al tiempo
que entreteníamos al público, cosa con la que ambas nos ganamos la vida. Siento
que no le haya parecido bien.
- Yo estoy
completamente satisfecha - aseguró Gail Andrews.
- Ah - repuso
Tricia, no del todo segura de cómo interpretar aquello -. En su recado decía
que no estaba satisfecha.
- No. En mi
mensaje decía que, en mi opinión, usted no estaba satisfecha y me preguntaba
por qué.
Tricia tuvo la
impresión de que le daban una patada en la nuca. Parpadeó.
- ¿Cómo? -
inquirió con voz queda.
- Tenía algo que
ver con los astros. En nuestra discusión parecía usted muy enfadada e
insatisfecha por algo relacionado con los astros y los planetas, y me quedé
preocupada. Por eso he venido a ver si se encontraba bien.
- Ms. Andrews -
empezó a decir Tricia, sin apartar los ojos de ella, pero se dio cuenta de que,
por el tono que acababa de emplear, parecía precisamente enfadada e
insatisfecha y eso debilitaba bastante la protesta que trataba de manifestar.
- Llámeme Gail,
por favor, si le parece bien.
Tricia se quedó
perpleja.
- Ya sé que la
astrología no es una ciencia - prosiguió Gail -. Claro que no. No es más que un
conjunto arbitrario de normas como el ajedrez, el tenis o ¿cómo se llama ese
extraño juego que practican ustedes en Gran Bretaña?
- Humm... ¿El
críquet? ¿El desprecio de sí mismo?
- La democracia
parlamentaria. Las normas por las que se rige, más o menos. No tienen sentido
alguno salvo por sí mismas. Pero cuando esas normas se aplican, se desencadena
toda clase de procesos y se empieza a descubrir toda clase de cosas sobre la
gente. Resulta que en la astrología las normas se aplican a los astros y los
planetas, pero las consecuencias serían las mismas si se refiriesen a los patos
y los ánades. No es más que una forma de meditar que permite poner al
descubierto la estructura de un problema. Cuanto más normas haya, cuanto más
reducidas y arbitrarias sean, mejor. Es como arrojar un puñado de polvo de
grafito sobre un papel para ver dónde están las marcas del lápiz. Permite ver
las palabras escritas en el papel que estaba encima. El grafito no tiene
importancia. Sólo es el medio de revelar las marcas. Así que ya ve, la
astrología no tiene nada que ver con la astronomía. Sólo con personas que
meditan sobre otras personas.
»De modo que,
cuando esta mañana enfocó usted de forma tan emocional el tema de los astros y
los planetas, empecé a pensar: en realidad no le molesta la astrología, está
furiosa e insatisfecha precisamente con los astros y los planetas. Normalmente,
las personas sólo se sienten tan furiosas e insatisfechas cuando han perdido
algo. Eso es lo único que se me ocurrió, y no pude encontrar otra explicación.
Así que vine a ver si se encontraba bien.
Tricia se quedó
pasmada.
Una parte de su
mente ya había empezado a elaborar toda clase de argumentos. Preparaba todas
las refutaciones posibles sobre la ridiculez de los horóscopos publicados en la
prensa y los trucos estadísticos que presentaban a los lectores. Pero esa
actividad se fue apagando paulatinamente al comprender que el resto de su mente
no le hacía caso. Estaba absolutamente perpleja.
Acababa de
escuchar, por boca de una completa desconocida, algo que había mantenido en
secreto durante diecisiete anos.
Se volvió a mirar
a Gail.
- Yo...
Se interrumpió.
Detrás de la
barra, una diminuta cámara de seguridad se había desplazado para seguir sus
movimientos. Eso la despistó completamente. La mayoría de la gente no habría
reparado en ello. No estaba pensado para que lo notaran. No se pretendía dar a
entender que, hoy día, ni siquiera un hotel caro y elegante de Nueva York podía
estar seguro de que sus clientes no iban a sacar de pronto una pistola o no
llevar corbata. Pero por cuidadosamente oculta que estuviera tras la botella de
vodka, no podía engañar al finísimo instinto de una presentadora de televisión,
acostumbrado a saber exactamente en qué momento se movía la cámara para
enfocarla.
- ¿Ocurre algo? -
preguntó Gail.
- No, yo... tengo
que confesar que me ha dejado bastante perpleja - contestó Tricia. Decidió no
hacer caso de la cámara de seguridad. No eran más que imaginaciones suyas,
debido a que aquel día ya tenía demasiada televisión en la cabeza. No era la
primera vez que le pasaba. Estaba convencida de que una cámara de control de
tráfico se volvió para seguirla cuando pasó frente a ella, y en los almacenes
Bloomingdale una cámara de seguridad pareció tener especial interés en
vigilarla mientras se probaba unos sombreros. Era evidente que se estaba
volviendo chalada. Incluso llegó a imaginar que un pájaro la observaba con
particular atención en Central Park.
Decidió
quitárselo de la cabeza y dio un sorbo al vodka.
Alguien recorría
el bar preguntando por míster MacManus.
- Muy bien - dijo
Tricia, soltándolo de pronto -. No sé cómo lo ha descubierto, pero yo...
- No lo he
descubierto, como usted dice. Me he limitado a escucharla.
- Me parece que
me he perdido una vida completamente distinta.
- Eso le pasa a
todo el mundo. A cada momento del día. Cada decisión, cada aliento que tomamos,
abre unas puertas y cierra otras muchas. La mayoría de las veces no lo notamos.
Pero otras sí. Parece que usted ha caído en la cuenta.
- Sí, claro que
sí. Perfectamente. Se lo voy a contar. Es muy sencillo. Hace muchos años conocí
a un chico en una fiesta. Dijo que era de otro planeta y me invitó a irme con
él. Le contesté que muy bien, de acuerdo. Era esa clase de fiesta. Le dije que
me esperase mientras iba por el bolso y que me gustaría marcharme con él a otro
planeta. Me aseguró que no necesitaría el bolso. Repuse que estaba claro que
venía de un planeta muy atrasado, pues de otro modo sabría que una mujer
siempre necesita llevar consigo el bolso. Se impacientó un poco, pero yo no
estaba dispuesta a ser presa fácil sólo porque dijese que era de otro planeta.
»Subí al primer
piso. Tardé un rato en encontrar el bolso y luego estaba ocupado el cuarto de
baño. Cuando bajé, él ya no estaba.
Hizo una pausa.
- ¿Y...? - dijo
Gail.
- La puerta del
jardín estaba abierta. Salí a la calle. Había luces. Un objeto destellante. Llegué
justo a tiempo de ver cómo se elevaba en el aire para luego desaparecer a toda
velocidad entre las nubes. Eso fue todo. Fin de la historia. Fin de una vida y
comienzo de otra. Pero apenas pasa un momento de esta vida sin que me pregunte
por mi otro yo. Un yo que no hubiese vuelto por el bolso. Tengo la impresión de
que ese otro yo anda por ahí, en alguna parte, y yo soy su sombra.
Un miembro del
personal del hotel recorría ahora el bar preguntando por míster Miller. Nadie
se llamaba así.
- ¿Cree verdaderamente
que esa... persona era de otro planeta? - preguntó Gail.
- Sí, desde
luego. Estaba la nave espacial. Ah, y además tenía dos cabezas.
- ¿Dos? Y nadie
más se dio cuenta?
- Era uña fiesta
de disfraces.
- Ya entiendo...
- Llevaba encima
una jaula de pájaro, claro está. Cubierta con un paño. Decía que tenía un loro.
Daba golpecitos en la jaula y salían graznidos y un montón de estúpidos «Lorito
bonito» y esas cosas. Luego retiró el paño un momento y soltó una estruendoso
carcajada. Había otra cabeza que reía al tiempo que él. Le aseguro que fue un
momento preocupante.
- Creo que quizá
hizo usted lo que debía, ¿no le parece, querida?
- No - aseguró
Tricia -. No hice lo que debía. Ni tampoco pude seguir haciendo lo que hacía.
Era astrofísica, sabe usted. No se puede ser una buena astrofísica si no se
conoce realmente a alguien de otro planeta con dos cabezas y una de ellas finge
que es un loro. Simplemente, no se puede. Al menos yo no pude.
- Comprendo que
le resultara duro. Y probablemente es por eso por lo que usted tiende a ser un
poco dura con otras personas que hablan de cosas que parecen completamente
absurdas.
- Sí - convino
Tricia -. Supongo que tiene razón. Lo siento.
- No tiene
importancia.
- A propósito, es
usted la primera persona a quien cuento esto.
- Me pregunto si
es usted casada.
- Pues no. Hoy
resulta difícil adivinarlo, ¿verdad? Pero hace bien en preguntar, porque ésa
fue probablemente la razón. He estado a punto más de una vez, sobre todo porque
quería tener un niño. Pero todos los chicos acababan preguntando por qué no les
quitaba la vista del hombro. ¿Qué podía decirles? Una vez hasta pensé en
dirigirme a un banco de esperma y conformarme con lo que viniese. Tener un hijo
de un desconocido, al azar.
- ¿En serio? No
sería capaz de hacer eso, ¿verdad?
- Probablemente
no - dijo Tricia, riendo -. No llegué a ir, así que no lo averigüé. No lo hice.
La historia de mi vida. jamás he llegado a hacer nada en serio. Por eso trabajo
en televisión, supongo. Ahí no hay nada serio.
- Disculpe,
señora. ¿Es usted Tricia McMillan?
Tricia se volvió,
sorprendida. Era un hombre con gorra de chófer.
- Sí - contestó,
volviéndose a tranquilizar de inmediato.
- Hace una hora
que la estoy buscando, señora. En el hotel me dijeron que no conocían a nadie
con ese nombre, pero lo comprobé otra vez con la oficina de míster Martin y,
sin ningún género de duda, me aseguraron que era aquí donde se alojaba usted.
De modo que volví a preguntar, y cuando me repitieron que no la conocían hice
que la buscara un botones de todos modos, pero no la encontraron. Así que pedí
a la oficina que me enviaran por el FAX del coche una fotografía suya para
echar un vistazo personalmente.
Miró su reloj.
- Quizá ya sea un
poco tarde, pero ¿quiere venir de todos modos?
Tricia se quedó
pasmada.
- ¿Míster Martin?
Se refiere a Andy Martin, de la NBS?
- Exactamente,
señora. Prueba de pantalla para USIAM.
Tricia bajó
disparada del asiento. Ni quería pensar en todos los recados que había oído
para míster MacManus y míster Miller.
- Pero tenemos
que apresurarnos - advirtió el chófer -. He oído que míster Martin es
partidario de probar un acento británico. En la emisora, su jefe está
absolutamente en contra de la idea. Es míster Zwingler, y resulta que sé que
toma el avión para la costa esta tarde, porque yo soy el que tiene que
recogerlo para llevarlo al aeropuerto.
- Muy bien - dijo
Tricia -. Estoy lista. Vamos.
- Perfectamente,
señora. Es la gran limusina estacionada frente a la entrada.
- Lo siento -
dijo Tricia, volviéndose a Gail.
- ¡Vaya! ¡Vaya usted!
- repuso la astrólogo -. Y buena suerte. Me alegro de haberla conocido.
Tricia hizo
ademán de coger el bolso para sacar dinero.
- Maldita sea -
exclamó. Se lo había dejado arriba.
- Yo pago las
copas - insistió Gail -. De veras. Ha sido muy interesante.
Tricia suspiró.
- Mire, siento de
verdad lo de esta mañana y...
- No diga una
palabra más. No es más que astrología. Es inofensiva. No se acaba el mundo por
eso.
- Gracias - dijo
Tricia, abrazándola en un impulso.
- ¿Lo lleva todo?
- inquirió el chofer -. ¿No quiere recoger el bolso ni nada?
- Si hay algo que
he aprendido en la vida - repuso Tricia -, es a no volver por el bolso.
Poco más de una
hora después, Tricia se sentó en una de las camas gemelas de la habitación del
hotel. Estuvo unos minutos sin moverse, mirando fijamente el bolso, que
reposaba inocentemente encima de la otra cama.
En la mano tenía
una nota de Gail Andrews, que decía: «No se sienta demasiado decepcionada.
Llámeme si quiere hablar de ello. Yo que usted, no saldría de la habitación
hasta mañana por la noche. Descanse un poco. Pero no me tome en serio y no se
preocupe. No es más que astrología. No el fin del mundo. Gail.»
El chófer había
estado completamente en lo cierto. En realidad parecía saber más de lo que
ocurría en el interior de la NBS que cualquier otra persona con quien hubiese
hablado en la organización. Martin se había mostrado favorable. Zwingler, no,
le hicieron una toma para demostrar que Martin tenía razón y echó a perder la
oportunidad.
Qué lástima. Qué
lástima, qué lástima, qué lástima.
Hora de volver a
casa. Hora de llamar a las líneas aéreas y ver si aún podía coger el avión de
la noche para Heathrow. Cogió la enorme guía telefónica.
Bueno, lo primero
es lo primero.
Volvió a dejar la
guía, cogió el bolso y se dirigió al baño. Sacó del bolso la cajita de plástico
en que guardaba las lentes de contacto, sin las cuales había sido incapaz
siquiera de leer debidamente el guión ni de saber cuándo tenía que empezar a
hablar.
Mientras se
aplicaba en los ojos las diminutas concavidades de plástico, pensó que si había
aprendido una cosa en la vida era que hay veces que no se debe volver por el
bolso y otras que sí conviene. Sólo le quedaba aprender a distinguir ambas
situaciones.
3
En eso que en
broma llamamos el pasado, la Guía del autoestopista galáctico tenía mucho que
decir sobre el tema de los universos paralelos. No obstante, muy pocos aspectos
de la cuestión resultan comprensibles para quien esté por debajo del nivel de
Dios Avanzado, y como ya está perfectamente demostrado que todos los dioses
conocidos cobraron existencia unas tres millonésimas de segundo después del
inicio del universo y no la semana anterior, como ellos mismos solían afirmar,
ahora, tal como están las cosas, tienen mucho que explicar y, por consiguiente,
de momento no están en condiciones de comentar asuntos de física profunda.
Una cosa
alentadora que la Guía tiene que decir con respecto a los universos paralelos
es que no hay ni la más remota posibilidad de comprenderlos. En consecuencia,
puede decirse «¿Qué?» y «¿Eh?», incluso quedarse bizco y ponerse a hablar por
los codos sin temor a quedar en ridículo.
Lo primero que
hay que entender de los universos paralelos, dice la Guía, es que no son
paralelos.
También es
importante comprender que, estrictamente hablando, tampoco son universos, pero
eso resulta más fácil si se trata de entenderlo un poco después, cuando se haya
comprendido que todo lo que se ha entendido hasta ese momento no es cierto.
Y no son
universos debido a que todo universo dado no es realmente una cosa en sí, sino
una forma de enfocar lo que técnicamente se conoce como TCRG, o Toda Clase de
Revoltijo General, que tampoco existe realmente, sino que es la suma total de
todas las diversas formas de enfocarlo en caso de que tuviese una existencia
real.
Y no son
paralelos por la misma razón por la que el mar no es paralelo. No significa
nada. Puede dividirse el Toda Clase de Revoltijo General en las partes que se
quiera y, en general, se obtendrá algo que alguien llamará hogar.
Por favor, no
tenga reparos en ponerse a hablar por los codos ahora mismo.
La Tierra que
ahora nos ocupa, a causa de su particular orientación en el Toda Clase de
Revoltijo General, fue alcanzada por un neutrino del que se salvaron las demás
Tierras.
Ser alcanzado por
un neutrino no significa gran cosa.
En realidad,
resulta difícil pensar en nada más pequeño con lo que pueda justificarse la
esperanza de ser alcanzado. Y no es que el ser alcanzado por neutrinos fuese un
acontecimiento especialmente insólito en algo del tamaño de la Tierra. Todo lo
contrario. No pasaría un insólito nanosegundo sin que la Tierra fuese alcanzada
por varios billones de neutrinos de paso.
Todo depende del
sentido que se dé a «alcanzado», claro está, puesto que como materia equivale
prácticamente a nada. Las posibilidades de que un neutrino llegue a alcanzar
algo en su recorrido por todo el bostezante vacío son aproximadamente
semejantes a la de arrojar un cojinete de bolas al azar desde un 747 en pleno
vuelo y acertar, pongamos, a un sandwich de huevo.