EL
RESTAURANTE DEL FIN DEL MUNDO
Douglas Adams
Título
original: The restaurant at the end of the universe
©
1980 by Douglas Adams and Pan Books, Londres
© 1984 Editorial Anagrama
S.A. P. de la Creu 58, Barcelona
Depósito Legal B.19948-1984
Escaneado por Sadrac,
Diciembre 1999
A Jane y James,
muchas gracias
a Geoffrey
Perkins, por lograr lo improbable
a Paddy
Kingsland, Lisa Braun y Alick Hale Munro, por ayudarle
a John Lloyd,
por su ayuda en el guión original de Milliways
a Simon Brett,
por iniciar todo el asunto.
Y muy
especialmente, gracias a Jacqui Graham
por su
paciencia infinita, afecto y comida en la adversidad
Hay una teoría
que afirma que si alguien descubriera lo que es exactamente el Universo y el
por qué de su existencia, desaparecería al instante y sería sustituido por algo
aún más extraño e inexplicable.
Hay otra teoría
que afirma que eso ya ha ocurrido
1
Resumen de lo
publicado:
Al principio se
creó el Universo.
Eso hizo que se
enfadara mucha gente, y la mayoría lo consideró un error.
Muchas razas
mantienen la creencia de que lo creó alguna especie de dios, aunque los
jatravártidos de Viltvodle VI creen que todo el Universo surgió de un estornudo
de la nariz de un ser llamado Gran Arklopoplético Verde.
Los
jatravártidos, que viven en continuo miedo del momento que llaman «La llegada
del gran pañuelo blanco», son pequeñas criaturas de color azul y, como poseen
más de cincuenta brazos cada una, constituyen la única raza de la historia que
ha intentado el pulverizador desodorante antes que la rueda.
Sin embargo, y
prescindiendo de Viltvodle VI, la teoría del Gran Arklopoplético Verde no es
generalmente aceptada, y como el Universo es un lugar tan incomprensible,
constantemente se están buscando otras explicaciones.
Por ejemplo,
una raza de seres hiperinteligentes y pandimensionales construyeron en una
ocasión un gigantesco superordenador llamado Pensamiento Profundo para calcular
de una vez por todos la Respuesta a la Pregunta Ultima de la Vida, del Universo
y de Todo lo demás.
Durante siete
millones y medio de años, Pensamiento Profundo ordenó y calculó, y al fin
anunció que la respuesta definitiva era Cuarenta y dos; de manera que hubo de
construirse otro ordenador, mucho mayor, para averiguar cuál era la pregunta
verdadera.
Y tal
ordenador, al que se le dio el nombre de Tierra, era tan enorme, que con
frecuencia se le tomaba por un planeta, sobre todo por parte de los extraños
seres simiescos que vagaban por su superficie, enteramente ignorantes de que no
eran más que una parte del gigantesco programa del ordenador.
Cosa muy rara,
porque sin esa información tan sencilla y evidente, ninguno de los
acontecimientos producidos sobre la Tierra podría tener el más mínimo sentido.
Lamentablemente,
sin embargo, poco antes de la lectura de datos, la Tierra fue inesperadamente
demolida por los vogones con el fin, según afirmaron, de dar paso a una vía de
circunvalación; y de ese modo se perdió para siempre toda esperanza de
descubrir el sentido de la vida.
O eso parecía.
Sobrevivieron
dos de aquellas criaturas extrañas, semejantes a los monos.
Arthur Dent se
escapó en el último momento porque de pronto resultó que un viejo amigo suyo,
Ford Prefect, procedía de un planeta pequeño situado en las cercanías de Betelgeuse
y no de Guilford, tal como había manifestado hasta entonces; y además, conocía
la manera de que le subieran en platillos volantes.
Tricia
McMillan, o Trillian, se había fugado del planeta seis meses antes con Zaphod
Beeblebrox, por entonces Presidente de la Galaxia.
Dos
supervivientes.
Son todo lo que
queda del mayor experimento jamás concebido: averiguar la Pregunta Ultima y la
Respuesta Ultima de la Vida, del Universo y de Todo lo demás.
Y a menos de
setecientos cincuenta mil kilómetros del punto donde su nave espacial deriva
perezosamente por la impenetrable negrura del espacio, una nave vogona avanza
despacio hacia ellos.
2
Como todas las
naves vogonas, aquélla no parecía responder a un diseño, sino a una súbita
coagulación. Los deformes edificios y protuberancias amarillas que sobresalían
en ángulos desagradables, habrían desfigurado el aspecto de la mayoría de las
naves, pero en este caso era lamentablemente imposible. Se han divisado cosas
más feas en el firmamento, pero no por testigos de confianza.
En realidad,
para ver algo mucho más feo que una nave vogona, habría que entrar en una y
mirar a un vogón. No obstante, eso es precisamente lo que evitaría cualquier
ser prudente, porque el vogón común no lo pensará dos veces para hacerle a uno algo
tan increíblemente horrible, que se desearía no haber nacido; o, si se es un
pensador más clarividente, que el vogón no hubiera nacido.
De hecho, el
vogón común ni siquiera lo pensaría una sola vez, probablemente. Son criaturas
estúpidas, obstinadas, de mentalidad deformada, y desde luego no tienen
disposición para pensar. Un examen anatómico de los vogones revela que en un
principio su cerebro era un hígado disóptico, muy amorfo y mal situado. Por
tanto, lo mejor que puede decirse en su beneficio es que saben lo que les
gusta; eso generalmente entraña el hacer daño a la gente y, siempre que sea
posible, enfadarse mucho.
Algo que no les
gusta es dejar un trabajo sin acabar, en especial a este vogón, y en particular
- por varias razones - este trabajo.
Tal vogón era
el capitán Prostetnic Vogon jeltz, del Consejo Galáctico de Planificación
Hiperespacial y responsable de los trabajos de demolición del supuesto
«planeta» Tierra.
Torció el
cuerpo, monumental y abominable, en su asiento estrecho e inadecuado, y miró
fijamente a la pantalla del monitor, que no dejaba de proyectar la imagen de la
astronave Corazón de Oro.
Poco le
importaba que el Corazón de Oro, propulsado por su Energía de la Improbabilidad
Infinita, fuese la nave más bella y revolucionaria que jamás se hubiera
construido. La estética y la tecnología eran libros cerrados para él y, de
estar en sus manos, también serían libros quemados y enterrados.
Aún le
importaba menos el que Zaphod Beeblebrox estuviera a bordo. Zaphod Beeblebrox
ya era ex Presidente de la Galaxia, y aunque en aquellos momentos todo el
cuerpo de la Policía galáctica le estuviera persiguiendo a él y a la nave que
había robado, el vogón no tenía el menor interés en ello.
Tenía cosas más
importantes que hacer.
Se ha dicho que
los vogones no están por encima de los pequeños sobornos y de la corrupción, de
la misma manera en que el mar no está por encima de las nubes, y esto resultaba
particularmente cierto en el caso de Prostetnic, que cuando oía las palabras
«integridad» o «rectitud moral» cogía el diccionario, y cuando oía el tintineo
del dinero en grandes cantidades cogía el código legal y lo tiraba a la basura.
Al emprender de
manera tan implacable la destrucción de la Tierra y de todo lo relacionado con
ella, sobrepasó un poco las atribuciones de su deber profesional. Incluso
existían ciertas dudas sobre si se construiría realmente la susodicha vía de
circunvalación, pero ese asunto ya ha sido comentado.
Prostetnic
soltó un repelente gruñido de satisfacción.
- Ordenador -
graznó -, ponme con mi especialista cerebral.
Al cabo de unos
segundos, el rostro de Gag Mediotroncho apareció en la pantalla con la sonrisa
de aquel que se sabe a diez años luz de la cara del vogón a quien está mirando.
En algún punto de la sonrisa había también un destello de ironía. Aunque
Prostetnic se refería a él de manera invariable como «mi especialista cerebral
particular», no había mucho cerebro que tratar, y en realidad era Mediotroncho
quien contrataba al vogón. Le pagaba una enorme cantidad de dinero por realizar
un trabajo verdaderamente sucio: Al ser uno de los psiquiatras más destacados y
famosos de la Galaxia, Mediotroncho y un grupo de colegas se encontraban bien
dispuestos a gastar muchísimo dinero en un momento en que todo el futuro de la
psiquiatría podría verse amenazado.
- Bien - dijo
-; hola, Prostetnic, mi capitán de los vogones, ¿qué tal nos encontramos hoy?
El capitán
vogón le dijo que durante las últimas horas había flagelado a casi la mitad de
su tripulación en un ejercicio disciplinario.
La sonrisa de
Mediotroncho no tembló ni un instante.
- Bueno -
repuso -, me parece que es un comportamiento absolutamente normal para un
vogón, ¿sabes? Una canalización natural y saludable de los instintos agresivos
en actos de violencia sin sentido.
- Eso es lo que
dices siempre - rugió el vogón.
- Pues me sigue
pareciendo que, para un psiquiatra, es un comportamiento enteramente normal -
contestó Mediotroncho -. Bien. Es evidente que nuestras actitudes mentales
están hoy perfectamente sincronizadas. Y dime, ¿qué noticias tienes de la
misión?
- Hemos
localizado la nave.
- ¡Maravilloso
- exclamó Mediotroncho -, estupendo! ¿Y los ocupantes?
- Está el
terráqueo.
- ¡Excelente!
¿Y...?
- Una hembra
del mismo planeta. Son los únicos.
- Bien, bien -
comentó Mediotroncho, rebosante de alegría -. ¿Quién más?
- Ese tal
Prefect.
- ¿Sí?
- Y Zaphod
Beeblebrox.
La sonrisa de
Mediotroncho temblequeo por un instante.
- Ah, sí - dijo
-. Ya me lo esperaba. Es muy lamentable.
- ¿Es un amigo
personal? - inquirió el vogón, que una vez había oído esa expresión en alguna
parte y decidió emplearla.
- Ah, no -
replicó Mediotroncho -; ya sabes que en nuestra profesión no tenemos amigos
personales.
- ¡Ah! - Gruño
el vogón -. Distanciamiento profesional.
- No - dijo
alegremente Mediotroncho -, es sólo que no tenemos gancho para eso.
Hizo una pausa.
Sus labios continuaron sonriendo, pero sus ojos fruncieron levemente el ceño.
- Pero ya sabes
que Beeblebrox es uno de mis clientes más provechosos. Tiene unos problemas de
personalidad que superan los sueños de cualquier analista.
Jugueteó un
poco con esa idea antes de desechara de mala gana.
- Pero ¿estás
preparado para tu tarea? - preguntó.
- Sí.
- Bien.
Destruye esa nave inmediatamente.
- ¿Qué hay de
Beeblebrox?
- Pues Zaphod
no es más que lo que te he dicho, ¿sabes? - dijo Mediotroncho en tono vivaz.
Desapareció de
la pantalla.
El capitán
vogón pulsó un interruptor que le comunicaba con los restos de su tripulación.
- Al ataque -
dijo.
En aquel
preciso momento, Zaphod Beeblebrox se encontraba en su cabina maldiciendo a voz
en grito. Dos horas antes había anunciado que tomarían un bocado en el
Restaurante del Fin del Mundo, a raíz de lo cual había tenido una tumultuosa
discusión con el ordenador de la nave y salido como una tromba hacia su cámara
gritando que averiguaría los factores de Improbabilidad con lápiz y papel.
La Energía de
la Improbabilidad convertía al Corazón de Oro en la nave más potente e
imprevisible de todas las existentes. Nada había que no pudiese hacer; con tal
de que se conociese exactamente el grado de improbabilidad de lo que se
pretendía realizar, tal cosa llegaría a producirse.
Zaphod la había
robado cuando, en su calidad de Presidente, le fue encomendada su botadura. No
sabía exactamente por qué la había robado; sólo que le gustaba.
Ignoraba por
qué se había convertido en Presidente de la Galaxia; sólo que le parecía
divertido.
Era consciente
de que existían razones de más peso, pero se hallaban ocultas en una sección
oscura y cerrada de sus dos cerebros. Beeblebrox deseaba que la sección oscura
y cerrada de sus dos cerebros desapareciera, porque a veces emergía de manera
momentánea y sacaba a la luz ideas extrañas, curiosos segmentos de su
inteligencia que trataban de desviarle de lo que él entendía como la ocupación
fundamental de su vida, que consistía en pasárselo maravillosamente bien.
En aquel
momento no se lo pasaba maravillosamente bien. Se le habían acabado los lápices
y la paciencia y tenía mucha hambre.
- ¡Malditas
estrellas! - gritó.
En aquel
preciso momento, Ford Prefect se encontraba en el aire. No se trataba de alguna
irregularidad en el campo gravitatorio artificial de la nave, sino que bajó de
un salto la escalera que conducía a las cabinas particulares de la nave. Había
mucha altura para saltarla de un brinco, y aterrizó mal, tropezó, recobró el
equilibrio, recorrió el pasillo a toda velocidad, mandando por los aires a un
par de diminutos robots de servicio, patinó al doblar la esquina, irrumpió en
la cabina de Zaphod y le explicó lo que pensaba.
- Vogones -
dijo.
Poco antes,
Arthur Dent había salido de su cabina en busca de una taza de té. No se trataba
de una búsqueda que emprendiera con mucho optimismo, porque sabía que la única
fuente de bebidas calientes de toda la nave era una oscura máquina producida
por la Compañía Cibernética Sirius. Ostentaba el nombre de Sintetizador
Nutrimático de Bebidas, y Arthur ya la conocía de antes.
Afirmaba
producir la más amplia gama posible de bebidas, personalmente ajustadas a los
gustos y metabolismo de quien se tomara la molestia de utilizarla. Sin embargo,
cuando se la ponía a prueba, siempre facilitaba un vaso de plástico lleno de un
líquido que era casi, pero no del todo, enteramente diferente del té.
Trató de
razonar con aquella cosa.
- Té - dijo.
- Comparte y
Disfruta - replicó la máquina, sirviéndole otro vaso del horrible líquido.
Arthur lo tiró.
- Comparte y
Disfruta - repitió la máquina, volviéndole a suministrar otro vaso de lo mismo.
«Comparte y
Disfruta» es el lema del departamento de quejas de la Compañía Cibernética
Sirius, que en la actualidad ocupa los territorios más importantes de tres
planetas de tamaño mediano; es el departamento de la compañía que más éxito
tiene y el único que arroja un beneficio apreciable en los últimos años.
El lema se ve,
o más bien se veía, en letras luminosas de cuatro kilómetros y medio de altura
cerca del puerto espacial del Departamento de Quejas, en Eadrax.
Lamentablemente, su peso era tal, que, poco después de que se erigieran, el
suelo cedió bajo las letras y casi la mitad de su extensión cayó sobre los
despachos de muchos directivos de quejas, jóvenes de talento que fallecieron en
el acto.
La mitad
superior de las letras que quedaron, parece que dicen en el idioma local: «Date
la cabeza contra la pared», y ya no están iluminadas, salvo en ocasiones de
conmemoración especial.
Por sexta vez,
Arthur tiró un vaso de aquel líquido.
- Escucha,
máquina - dijo -; afirmas que puedes sintetizar cualquier bebida que exista,
¿por qué sigues dándome, entonces el mismo brebaje imbebible?
- Datos de
nutrición y sentido del gusto - farfulló la máquina -. Comparte y Disfruta.
- ¡Sabe muy
mal!
- Si has
disfrutado de la experiencia de tomar esta bebida - prosiguió la máquina -,
¿por qué no la compartes con tus amigos?
- Porque quiero
conservarlos - replicó Arthur con aspereza -. ¿Quieres tratar de comprender lo
que te estoy diciendo?
- Esa bebida...
- Esa bebida -
dijo dulcemente la máquina - se ha hecho a medida de tus exigencias personales
en cuanto a gustos y nutrición.
- Ya - dijo Arthur
-. ¿Es que soy un masoquista a dieta?
- Comparte y
Disfruta.
- ¡Cállate ya!
- ¿Es eso todo?
Arthur decidió
rendirse.
- Sí - afirmó.
Luego pensó que
no abandonaría por nada del mundo.
- No - dijo -.
Mira, es muy, muy sencillo... lo único que quiero... es una taza de té. Y me
vas a preparar una. Estate callada y escucha.
Se sentó. Le
fue hablando a la Nutrimática de la India y de China; le habló de Ceilán. Le
habló de unas hojas anchas secadas al sol. Le habló de teteras de plata. Le
habló de tardes de verano, tumbado sobre la hierba. Le habló de poner la leche
antes de echar el té para que no se escaldara. Y le contó (brevemente) la
historia de la Compañía de las Indias Orientales.
- Así que es
eso, ¿no? - dijo la Nutrimática cuando Arthur acabó.
- Sí - contestó
éste -, eso es lo que quiero.
- ¿Quieres el
sabor de hojas secas hervidas en agua?
- Humm..., sí.
Con leche.
- ¿Sacada a
chorros de una vaca?
- Bueno,
supongo que puede decirse así...
- Voy a
necesitar que me ayuden un poco - dijo sucintamente la máquina. El alegre
parloteo había desaparecido de su voz, que ahora adoptaba un tono profesional.
- Pues si yo
puedo servirte en algo... - se ofreció Arthur.
- Tú ya has
hecho más que suficiente - le informó la Nutrimática.
Llamó al
ordenador de la nave.
- ¡Qué hay! -
saludó el ordenador de la nave.
La Nutrimática
le explicó lo del té. El ordenador dio un respingo, conectó unos circuitos
lógicos con la Nutrimática y ambos cayeron en un silencio siniestro.
Durante un
rato, Arthur estuvo atento y esperó, pero no ocurrió nada más.
Dio un puñetazo
a la máquina, pero siguió sin pasar nada.
Por fin
abandonó y subió al puente dando un paseo.
El Corazón de
Oro pendía inmóvil en la vacía desolación del espacio.
La Galaxia
enviaba el brillo de un billón de alfilerazos en torno a la nave. Hacia ella
avanzaba despacio el desagradable bulto amarillo de la nave vogona.
3
- ¿Tiene
alguien una tetera? - preguntó Arthur, que nada más entrar en el puente empezó
a preguntarse por qué gritaba Trillian al ordenador para que le contestase, por
qué Ford le daba puñetazos y Zaphod patadas, y también por qué había un
repugnante bulto amarillo en la pantalla.
Dejó el vaso
vacío que llevaba y se acercó a ellos.
- ¿Eh? -
preguntó,
En aquel
momento, Zaphod se arrojó sobre las pulidas superficies de mármol que contenían
los instrumentos de mando de la energía fotónica convencional. Se
materializaron bajo sus manos y empezó a manipularlos. Empujó, tiró, presionó y
se puso a maldecir. La energía fotónica dejó escapar un lánguido chirrido y
volvió a desconectarse.
- ¿Pasa algo? -
preguntó Arthur.
- Vaya, ¿habéis
oído eso? - musitó Zaphod dando un salto hacia los controles manuales de la
Energía de la Improbabilidad Infinita -. ¡El mono ha hablado!
La Energía de
la Improbabilidad emitió dos quejidos débiles y también se desconectó.
- Eso es pura
historia, hombre - dijo Zaphod, dando una patada a la Energía de la
Improbabilidad -. ¡Un mono que habla!
- Si estás
preocupado por algo... - dijo Arthur.
- ¡Vogones! -
saltó Ford -. ¡Nos están atacando!
- ¿Y qué estás
haciendo? ¡Vámonos de aquí! - dijo Arthur tras balbucear un poco.
- No podemos.
El ordenador está atascado.
- ¿Atascado?
- Dice que
tiene todos los circuitos ocupados. No hay energía en ningún sitio de la nave.
Ford se apartó
de la terminal del ordenador, se secó la frente con la manga y apoyó la espalda
contra la pared.
- No podemos
hacer nada - dijo. Miró ferozmente a ningún sitio en particular y se mordió el
labio.
De pequeño,
cuando iba al colegio, mucho antes de la demolición de la Tierra, Arthur jugaba
al fútbol. No era muy bueno, y su especialidad consistía en marcar goles en su
propia meta en los partidos importantes. Siempre que ocurría eso, solía
experimentar un extraño cosquilleo en el cogote que le subía por las mejillas y
le calentaba la frente. En aquel momento, la imagen del barro, de la hierba y
de montones de chicos burlones que se reían de él emergió vívidamente a su
conciencia.
Un extraño
cosquilleo en el cogote le subía por las mejillas y le calentaba la frente.
Empezó a hablar
y se detuvo.
Empezó a hablar
de nuevo y volvió a detenerse.
Al fin logró
articular una palabra.
- Humm - dijo.
Se aclaró la garganta -. Decidme - prosiguió con voz tan nerviosa que los demás
se volvieron a mirarlo. Dirigió la vista a la pantalla: se acercaba un bulto
amarillo -. Decidme - repitió -, ¿ha dicho el ordenador en qué está ocupado? Lo
pregunto sólo por curiosidad...
Los ojos de los
demás estaban clavados en él.
- Y, humm...,
pues eso es todo. sólo lo preguntaba.
Zaphod alargó
una mano y agarró a Arthur por el cogote.
- ¿Qué le has
hecho, hombre mono? - jadeó.
- Pues nada, de
verdad - dijo Arthur -. Sólo que me parece que hace poco trataba de averiguar
cómo...
- ¿Sí?
- Hacerme un
poco de té.
- Eso es,
chicos - saltó el ordenador con voz cantarina -. En estos momentos estoy
trabajando en ese problema, ¡y vaya si es difícil! Estaré con vosotros dentro
de un rato.
Volvió a
sumirse en un silencio tan intenso que sólo tenía parangón con el de las tres
personas que miraban fijamente a Arthur Dent.
Como para
aliviar la tensión, los vogones escogieron aquel momento para iniciar el fuego.
La nave se
estremeció; se produjo un ruido atronador. El escudo protector de la parte
exterior, de veintitrés milímetros de espesor, burbujeó, se agrietó y escupió
ante la andanada de doce cañones Fotrazón Matafijo Megadaño-30, y pareció que
no iba a durar mucho. Ford Prefect le dio cuatro minutos.
- Tres minutos
y cincuenta segundos - dijo poco después -. Cuarenta y cinco segundos - anunció
en el momento adecuado. Dio unos golpecitos ociosos a algunos interruptores
inútiles y dirigió a Arthur una mirada de pocos amigos -. Vamos a morir por una
taza de té, ¿eh? - le dijo -. Tres minutos y cuarenta segundos.
- ¡Deja ya de
contar! - rezongó Zaphod.
- Sí - repuso
Ford Prefect -, dentro de tres minutos y treinta y cinco segundos.
A bordo de la
nave vogona, Prostetnic Vogon jeltz estaba perplejo. Esperaba una persecución,
una emocionante lucha cuerpo a cuerpo con rayos tractores, ansiaba utilizar el
Asertitrón de Normalidad Subcíclica, especialmente instalado para contrarrestar
la Energía de la Improbabilidad Infinita del Corazón de Oro; pero el Asertitrón
de Normalidad Subcíclica permanecía ocioso, porque el Corazón de Oro continuaba
inmóvil encajando los disparos.
Una docena de
cañones Fotrazón Matafijo Megadaño-30 siguieron disparando al Corazón de Oro,
que continuaba inmóvil encajando el fuego.
Prostetnic
comprobó todos los sensores que tenía al alcance para ver si se trataba de
algún truco sutil, pero no encontró ninguno.
Desde luego, no
sabía nada de lo del té.
Y también
ignoraba cómo los ocupantes del Corazón de Oro estaban pasando los últimos tres
minutos y treinta segundos que les quedaban de vida.
Y cómo se le
ocurrió exactamente a Zaphod Beeblebrox la idea de celebrar una sesión
espiritista en aquel momento, es algo que nunca estuvo claro para él.
Era evidente
que el tema de la muerte estaba en el aire, pero más como algo a evitar que
para insistir en ello.
Posiblemente,
el horror que Zaphod experimentaba ante a perspectiva de reunirse con sus
parientes fallecidos le dio la idea de que ellos podrían albergar el mismo
sentimiento respecto a él, y que, además, tal vez fueran capaces de hacer algo
que contribuyera a posponer tal reunión.
O tal vez se
debiera a otro de esos impulsos extraños que de cuando en cuando emergían de
aquella zona oscura de su cerebro que se le había cerrado de manera
inexplicable antes de convertirse en Presidente de la Galaxia.
- ¿Quieres
hablar con tu bisabuelo? - preguntó Ford, sobrecogido.
- Sí.
- ¿Y tiene que
ser ahora?
La nave siguió
estremeciéndose y resonando con estruendo. La temperatura aumentaba. La luz se
debilitaba; toda la energía que el ordenador no precisaba para pensar en el té
era bombeada al escudo protector, que desaparecía rápidamente.
- ¡Sí! -
insistió Zaphod -. Escucha, Ford, creo que podrá ayudarnos.
- ¿Estás seguro
de que quieres decir creo? Escoge las palabras con cuidado.
- ¿Sugieres
otra cosa que podamos hacer?
- Humm, Pues...
- Muy bien,
coloquémonos en torno a la consola central. Ya. ¡Vamos! Trillian, hombre mono,
moveos.
Se apiñaron
alrededor de la consola central, se sentaron y, con la sensación de ser unos
estúpidos fenomenales, se cogieron de la mano. Con su tercer brazo, Zaphod
apagó las luces.
La oscuridad se
apoderó de la nave.
Afuera, el
rugido estrepitoso de los cañones Matafijo continuó desgarrando el escudo
protector.
- Concentraos
en su nombre - siseó Zaphod.
- ¿Cuál es? -
preguntó Arthur.
- Zaphod
Beeblebrox Cuarto.
- ¿Cómo?
- Zaphod
Beeblebrox Cuarto. ¡Concentraos!
- ¿Cuarto?
- Sí. Escucha,
yo soy Zaphod Beeblebrox, mi padre era Zaphod Beeblebrox Segundo, mi abuelo
Zaphod Beeblebrox Tercero...
- ¿Cómo?
- Ocurrió un
accidente con un contraceptivo y una máquina del tiempo. ¡Concentraos ya!
- Tres minutos
- anunció Ford Prefect.
- ¿Por qué
hacemos esto? - preguntó Arthur Dent.
- Cierra el
pico - le sugirió Zaphod Beeblebrox.
Trillian no
dijo nada. ¿Qué había que decir?, pensó. La única luz que había en el puente
procedía de dos tenues triángulos rojos en un rincón donde Marvin, el Androide
Paranoide, se sentaba hecho un ovillo, ignorando a todos e ignorado por todos,
en su mundo particular y bastante desagradable.
En torno a la
consola central, cuatro figuras se encorvaban en profunda concentración tratando
de borrar de sus mentes los terroríficos estremecimientos de la nave y el
horrísono rugido que repercutía en su interior.
Se
concentraron.
Siguieron
concentrándose.
Y continuaron
concentrándose.
Los segundos
pasaban.
De las cejas de
Zaphod brotaron gotas de sudor; primero de la concentración, luego de
frustración y por último de desconcierto.
Al fin dejó
escapar un grito de rabia, separó las manos de Trillian y de Ford, y apretó el
interruptor de la luz.
- Ah empezaba a
pensar que nunca encenderíais las luces - dijo una voz -. No, no tan fuerte,
por favor; mis ojos ya no son lo que eran.
Cuatro figuras
se enderezaron súbitamente en sus asientos. Poco a poco, volvieron la cabeza
para mirar, aunque sus cráneos manifestaban una tendencia clara a quedarse en
el mismo sitio.
- Bueno, ¿quién
es el que me molesta esta vez? - dijo la figura pequeña, encorvada, baja y
flaca que se destacaba junto a las ramas de helecho al otro extremo del puente.
Sus dos pequeñas cabezas de cabellos espigados parecían tan ancianas que bien
podrían albergar vagos recuerdos del nacimiento de las galaxias. Una colgaba
dormida; la otra los miraba con ojos entrecerrados. Si sus ojos ya no eran lo
que fueron, antaño debieron servir para tallar diamantes.
Zaphod
tartamudeó nervioso durante un momento. Realizó una complicada reverencia
doble: el tradicional gesto de respeto familiar que es costumbre en Betelgeuse.
- Ah...,
humm..., hola, bisabuelito... - susurró.
La pequeña y
anciana figura se acercó a ellos. Atisbó entre la débil luz. Alargó un dedo
huesudo y señaló a su bisnieto.
- ¡Ah! -
exclamó -. Zaphod Beeblebrox. El último de nuestra gran dinastía. Zaphod Beeblebrox Cero.
- Primero.
- Primero -
repitió con desprecio el aparecido. Zaphod odiaba su voz. Siempre le parecía
como uñas que chirriaran por la pizarra de lo que él creía su alma.
Se removió
incómodo en el asiento.
- Humm... sí -
musitó -. Mira, siento mucho lo de las flores, tenía intención de enviarlas,
pero es que la tienda acababa de quedarse sin coronas y...
- ¡Se te olvidaron!
- saltó Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- Pues...
- Estás
demasiado ocupado. Nunca piensas en los demás. Todos los vivos son iguales.
- Dos minutos,
Zaphod - anunció Ford con un murmullo temeroso.
Zaphod se
removía nervioso.
- Sí, pero
tenía intención de enviarlas - dijo -. Y en cuanto salgamos de esto, escribiré
a mi bisabuela...
- Tu bisabuela
- repitió en tono meditativo el flaco y pequeño fantasma.
- Sí - dijo
Zaphod -. Humm... ¿cómo está? Te diré una cosa; voy a ir a verla. Pero primero
tenemos que...
- Tu difunta
bisabuela y yo estamos muy bien - dijo con voz áspera Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- ¡Ah! ¡Oh!
- Pero muy
disgustados contigo, joven Zaphod...
- Sí, bueno...
- Zaphod se sentía extrañamente incapaz de llevar la conversación, y por el
sonoro jadeo de Ford supo que los segundos pasaban de prisa. El estruendo y los
estremecimientos habían alcanzado proporciones terroríficas. Entre la penumbra
vio los pálidos e impávidos rostros de Trillian y de Arthur.
- Humm,
bisabuelo...
- Hemos seguido
tu carrera con considerable abatimiento...
- Sí, mira,
justo en este momento, ¿comprendes...?
- ¡Por no decir
desdén!
- ¿Puedes
escucharme un momento...?
- Lo que quiero
decir es: ¿qué estás haciendo exactamente con tu vida?
- ¡Me está
atacando una flota vogona! - gritó Zaphod. Era una exageración, pero se trataba
de su única oportunidad de exponer el punto fundamental de la sesión.
- No me
sorprende en lo más mínimo - dijo el pequeño y anciano espíritu, encogiéndose
de hombros.
- Sólo que está
pasando ahora mismo, ¿sabes? - insistió Zaphod en tono febril.
El espectro de
su antepasado asintió con la cabeza, cogió el vaso que había llevado Arthur
Dent y lo miró con interés.
- Humm...,
bisabuelo...
- ¿Sabías - le
interrumpió la fantasmal figura, lanzándole una mirada implacable - que
Betelgeuse Cinco ha incurrido en una leve excentricidad en su órbita?
No, Zaphod no
lo sabía y encontró algo difícil concentrarse en tal información debido a todo
el ruido, a la inminencia de la muerte, etcétera.
- Pues no...,
mira... - dijo.
- ¡Y yo
revolviéndome en mi tumba! - gritó el ancestro. Tiró violentamente el vaso y
señaló a Zaphod con un dedo tembloroso, largo y transparente,
- ¡Por tu
culpa! - chilló.
- Un minuto y
treinta segundos - murmuró Ford con la cabeza entre las manos.
- Sí, mira,
bisabuelito, ¿puedes ayudarnos ahora? Porque...
- ¿Ayudaros? -
repitió el anciano, como si le hubieran pedido un armiño de cola negra.
- Sí, ayudarnos
y todo eso; ahora mismo, porque si no...
- ¡Ayudaros! -
exclamó el anciano, como si le hubieran pedido un armiño de cola negra a la
plancha, poco hecho, con patatas fritas y en bocadillo. Siguió en la misma
postura, perplejo -. Vas por toda la Galaxia fanfarroneando con tus... - el
ancestro hizo un gesto de desdén con la mano -, con tus vergonzantes amigos,
demasiado ocupado para poner flores en mi tumba. Unas de plástico habrían
servido, hubieran sido muy apropiadas viniendo de ti; pero no. Demasiado
ocupado. Demasiado moderno. Demasiado escéptico..., hasta que de repente te ves
en un pequeño apuro y te vuelves muy teósofo.
Meneó la
cabeza; con cuidado, para no molestar el reposo de la otra, que ya daba
muestras de inquietud.
- Pues no sé,
joven Zaphod - prosiguió -. Creo que tendré que pensarlo un poco.
- Un minuto y
diez segundos - anunció Ford con voz apagada.
Zaphod
Beeblebrox Cuarto lo miró con curiosidad.
- ¿Por qué
sigue diciendo números ese hombre? - preguntó.
- Esos números
- contestó Zaphod con brevedad - indican el tiempo que nos queda de vida.
- Ah - dijo su
bisabuelo, gruñendo para sus adentros -. Eso no es aplicable en mi caso, desde
luego.
Se desplazó a
un lugar más oscuro del puente para seguir fisgoneando.
Zaphod sintió
que se tambaleaba al borde de la locura y se preguntó si no debería dejarse
caer y terminar de una vez por todas.
- Bisabuelo -
dijo -. ¡Es aplicable a nuestro caso! Estamos vivos y a punto de perder la
vida.
- Me parece muy
bien.
- ¿Cómo?
¿Qué utilidad
tiene tu vida para nadie? Cuando pienso lo que has hecho con ella, la frase
«vivir como un puerco» me viene a la cabeza de manera irresistible.
- ¡Pero hombre,
he sido Presidente de la Galaxia!
- iJa! -
murmuró su antepasado -. ¿Y qué clase de trabajo es ése para un Beeblebrox?
- ¡Eh, cómo!
¡Nada menos que Presidente, sabes! ¡De toda la Galaxia!
- ¡Valiente
megafatuo!
Zaphod entornó
los ojos, perplejo.
- Oye, humm...,
¿qué te propones, tío? Digo, abuelo.
La pequeña
figura encorvada se acercó despacio a su bisnieto y le dio unos golpecitos
fuertes en la rodilla. Eso tuvo la virtud de recordar a Zaphod que estaba
hablando con un fantasma, porque no sintió nada en absoluto.
- Sabes tan
bien como yo lo que significa ser Presidente, joven Zaphod. Tú lo sabes porque
lo has sido, y yo lo sé porque estoy muerto, y eso le da a uno una perspectiva
maravillosamente clara. Allá arriba tenemos un dicho: «La vida se desperdicia
con los vivos.»
- Sí - dijo
Zaphod con amargura -, muy bien. Muy profundo. En estos momentos necesito
aforismos tanto como agujeros en las cabezas.
- Cincuenta
segundos - gruñó Ford Prefect.
- ¿Dónde
estaba? - dijo Zaphod Beeblebrox Cuarto.
- Pontificando
- dijo Zaphod Beeblebrox.
- Ah, sí.
- ¿Puede
ayudarnos realmente este individuo? - le preguntó Ford en voz baja a Zaphod.
- Nadie más
puede hacerlo - musitó Zaphod.
Ford asintió
con la cabeza, abatido.
- ¡Zaphod! -
exclamó el espectro -. Te convertiste en Presidente por una razón. ¿Lo has
olvidado?
- ¿No podemos
hablar de eso más tarde?
- Lo has
olvidado! - insistió el fantasma.
- ¡Sí! ¡Claro
que lo he olvidado! Tenía que hacerlo. ¿Sabes que te miran el cerebro por una
pantalla cuando te dan el trabajo? Si me hubieran encontrado la cabeza llena de
ideas juguetonas, me habrían mandado otra vez a la calle sin otra cosa que una
pensión abundante, secretarios, una flota de naves y un par de cortadores de
cabezas.
- ¡Ah! -
asintió contento el fantasma -. ¡Entonces, te acuerdas!
Hizo una pausa
breve.
- Bien -
añadió, y el ruido cesó.
- Cuarenta y
ocho segundos - dijo Ford. Volvió a mirar al reloj y le dio unos golpecitos.
Levantó la vista -. Oye, el ruido se ha parado - dijo.
Un destello
malévolo brilló en los severos ojillos del espectro.
- He detenido
un poco el tiempo - anunció -; sólo por un momento, ¿entendéis? Detestaría que
os perdierais todo lo que tengo que decir.
- ¡No,
escúchame tú a mí, viejo murciélago transparente! - exclamó Zaphod,
levantándose de un salto -. A): gracias por parar el tiempo y todo eso,
magnífico, estupendo, maravilloso; B): nada de gracias por el sermón, ¿vale? No
sé qué es eso tan grandioso que tengo que hacer, y me parece que no tengo que
saberlo. Y eso no me gusta nada, ¿entendido?
»Mi antigua
personalidad lo sabía. A mi antigua personalidad le gustaba. Muy bien; hasta
ahora, de perlas. Pero a mi antigua personalidad le gustaba tanto, que llegó a
meterse en su propio cerebro, o sea, en mi cerebro, y bloqueó las cosas que
conocía y que le gustaban, porque si yo las sabía y me gustaban, no sería capaz
de realizarlas. No habría sido Presidente y no habría podido robar esta nave,
que debe ser lo más importante.
»Pero mi
antigua personalidad se suicidó al modificarme el cerebro, ¿no es cierto? Vale,
ésa fue su decisión. Mi nueva personalidad tiene que tomar sus propias
decisiones, y por una coincidencia extraña, tales decisiones llevan aparejado
el que yo no conozca y no me preocupe de este numerazo, sea lo que sea. Eso es
lo que quería, y eso es lo que he conseguido.
»Salvo que mi
antigua personalidad trató de seguir teniendo la voz cantante, dejándome
órdenes en el trozo de mi cerebro que después cerró. Bueno, pues no quiero
conocerlas ni quiero oírlas. Esa es mi decisión. No voy a ser la marioneta de
nadie, mucho menos, de mí mismo.
Zaphod golpeó
la consola con furia, ignorante de las miradas perplejas que atraía.
- ¡Mi antigua
personalidad ha muerto! - bramó -. ¡Se ha suicidado! ¡Y los muertos no deberían
andar por ahí molestando a los vivos!
- Pero tú me
llamas para que te ayude a salir de un lío - dijo el espectro.
- ¡Ah! - dijo
Zaphod, volviéndose a sentar -. Pero eso es diferente, ¿no?
Sonrió a
Trillian, débilmente.
- Zaphod - dijo
con voz áspera la aparición -, creo que la única razón por la que gasto saliva
contigo es que, como estoy muerto, no tengo otra manera de emplearla.
- Vale - repuso
Zaphod -. ¿Por qué no me dices cuál es el gran secreto? Ten confianza en mí.
- Zaphod,
cuando eras Presidente de la Galaxia sabías, igual que Yooden Vranx antes que
tú, que el Presidente no es nada. Un número. Entre las sombras hay otro hombre,
un ser, algo, que detenta el poder último. Debes encontrar al hombre, ser o
algo... que rige esta Galaxia y, según sospechamos, otras más. Posiblemente,
todo el Universo.
- ¿Por qué?
- ¡Por qué! -
exclamó sorprendido el espectro -. ¿Por qué? Mira a tu alrededor, muchacho, ¿te
parece que el mundo está en muy buenas manos?
- No está mal.
El viejo
fantasma le lanzó una mirada colérica.
- No voy a
discutir contigo. Te limitarás a llevar la nave, esta nave con Energía de la
Improbabilidad, a donde sea necesario. Lo harás. No pienses que puedes escapar
a tu destino. El Campo de la Improbabilidad te domina, estás en sus garras.
¿Qué es esto?
El fantasma
estaba dando golpecitos a una de las terminales de Eddie, el ordenador de a
bordo. Zaphod se lo explicó.
- ¿Qué está
haciendo?
- Intenta hacer
té - dijo Zaphod con maravillosa moderación.
- Bien, me
gusta eso - dijo su bisabuelo que, volviéndose y amonestándole con el dedo,
añadió -: Pero no estoy seguro de que seas capaz de tener éxito en tu tarea,
Zaphod. Creo que no podrás evitarlo. Sin embargo, estoy muy cansado y llevo
mucho tiempo muerto para preocuparme tanto como antes. La razón principal por
la que te ayudo ahora es que no podía soportar la idea de que tú y tus actuales
amigos anduvierais haraganeando por aquí. ¿Entendido?
- Sí, un montón
de gracias.
- Otra cosa,
Zaphod.
- Humm..., ¿sí?
- Si alguna vez
vuelves a necesitar ayuda...; ya sabes, si te encuentras en un apuro, o
necesitas que te echen una mano en una situación difícil...
- ¿Sí?
- No dudes en
perderte, por favor.
Por espacio de
un segundo, de las manos secas del viejo fantasma brotó un relámpago hacia el ordenador;
el espectro desapareció, el puente se llenó de volutas de humo y el Corazón de
Oro dio un salto de longitud desconocida entre las dimensiones del tiempo y del
espacio.
4
A diez años luz
de distancia, Gag Mediotroncho aumentó la sonrisa en varios grados. Mientras
contemplaba la imagen en su pantalla, transmitida mediante el sub-éter desde el
puente de la nave vogona, vio cómo se desprendían las últimas capas del escudo
protector del Corazón de Oro mientras la nave misma desaparecía en un soplo de
humo.
Bien, pensó.
Aquel era el
fin de los últimos supervivientes perdidos de la demolición del planeta Tierra,
ordenada por él, pensó.
El fin de aquel
experimento peligroso (para la profesión de la psiquiatría) y subversivo
(también para la profesión de la psiquiatría) que pretendía averiguar la
Pregunta de la Cuestión Última de la Vida, del Universo y de Todo lo demás,
pensó.
Aquella noche
tenía que celebrarlo con sus compañeros, y por la mañana volverían a recibir a
sus pacientes infelices, perplejos y altamente rentables, con la plena
seguridad de que el Sentido de la Vida quedaba soslayado para siempre, pensó.
- La familia
siempre es algo molesta, ¿no es cierto? - dijo Ford a Zaphod cuando el humo
empezó a clarear. Hizo una pausa y miró en torno suyo -. ¿Dónde está Zaphod? -
preguntó.
Arthur y
Trillian miraron alrededor con los ojos en blanco. Estaban pálidos, temblaban y
no sabían dónde estaba Zaphod.
- ¿Dónde está
Zaphod, Marvin? - preguntó Ford. Un momento después añadió: - ¿Dónde está
Marvin?
El rincón del
robot estaba vacío.
La nave se
encontraba en completo silencio. Pendía en la densa negrura del espacio. De vez
en cuando se balanceaba y estremecía. Todos los instrumentos estaban
desconectados; todas las pantallas, apagadas. Consultaron al ordenador, que
dijo:
- Lamento
hallarme temporalmente cerrado a toda comunicación. Mientras, ahí va un poco de
música ligera.
Apagaron la
música ligera.
Registraron
todos los rincones de la nave con alarma y perplejidad crecientes. Todo estaba
apagado y silencioso. En ninguna parte había rastro de Zaphod o de Marvin.
Una de las
últimas zonas que registraron fue el pequeño espacio donde se encontraba la
Nutrimática.
En la rampa de
salida del Sintetizador Nutrimático de Bebidas había una bandeja pequeña que
sostenía tres tazas de porcelana fina con sus platillos, una jarra de leche
también de porcelana, una tetera de plata llena del mejor té que Arthur hubiera
probado jamás, y una pequeña nota impresa que decía: «Esperad.»
5
Algunos dicen
que Osa Menor Beta es uno de los lugares más sorprendentes del Universo
conocido.
Aunque es
extraordinariamente rico, tiene un clima tremendamente cálido y está más lleno
de gente interesante y maravillosa que pipas tiene una granada, no puede menos
de notarse el hecho de que cuando un número reciente de la revista Playbeing
publicó un artículo titulado: «Si está cansado de Osa Menor Beta, es que está
harto de la vida», el índice de suicidios se cuadruplicó de la noche a la
mañana.
No es que haya
noche en Osa Menor Beta.
Es un planeta
de la zona occidental que por una rareza topográfica, inexplicable y un tanto
dudosa, consiste casi por entero en una costa subtropical. Por una
extravagancia igualmente sospechosa de la relastática temporal, casi siempre es
sábado por la tarde justo antes de que cierren los bares de la playa.
Ninguna
explicación adecuada de este hecho han presentado las formas de vida dominantes
en Osa Menor Beta, que pasan la mayor parte del tiempo tratando de alcanzar la
iluminación espiritual mediante carreras alrededor de las piscinas e
invitaciones a investigadores del Consejo de Control Geotemporal de la Galaxia
para que «experimenten una estupenda anomalía diurna».
En Osa Menor
Beta sólo hay una ciudad, y se la considera ciudad porque hay más piscinas que
en cualquier otra parte.
Si uno va a la
Ciudad Luz volando - y no existe otra manera porque no hay carreteras ni
instalaciones portuarias, y si uno no llega volando no quieren ni verlo por la
Ciudad Luz -, comprenderá por qué se llama así. Brilla el sol más que en
cualquier otra parte, centellea en las piscinas, resplandece en los blancos
bulevares bordeados de palmeras, reluce sobre las manchitas tostadas que pasean
por ellos de un lado para otro, y dora las villas, las acolchadas nubes, los
bares de la playa, etcétera.
Y brilla de
modo especial sobre un edificio, una construcción elevada y bella consistente
en dos torres blancas de treinta pisos, comunicadas entre sí por un puente a
media altura.
El edificio es
el domicilio de un libro, y se construyó en tal lugar por causa de un
extraordinario juicio acerca de los derechos de publicación entablado entre los
editores del libro y una compañía de cereales para el desayuno.
Se trata de una
guía, de un libro de viajes.
Es uno de los
libros más notables, y sin duda el de más éxito, que salieron de las grandes
compañías editoras de la Osa Menor; más famoso que La vida empieza a los ciento
cincuenta años, más vendido que la Teoría de la gran explosión y que Mi opinión
personal de Excéntrica Gallumbits (la puta de tres tetas de Eroticón Seis), y
más polémico que el último e impresionante título de Oolon Colluphid Todo lo
que jamás quiso saber sobre la sexualidad pero se ha visto obligado a
descubrir.
(Y en muchas de
las civilizaciones más tranquilas del Anillo Exterior de la Galaxia Oriental
hace mucho que ha sustituido a la gran Enciclopedia Galáctica como el depósito
reconocido de todos los conocimientos y de toda la sabiduría, porque si peca de
muchas omisiones y contiene muchos datos de autenticidad dudosa, o al menos groseramente
incorrectos, supera a la obra anterior, y más prosaica, en dos aspectos
importantes. En primer lugar, es algo más barata, y después tiene en la portada
las palabras NO SE ASUSTE impresas con letras grandes y agradables.)
Se trata, por
supuesto, de ese compañero inestimable de todos aquellos que quieren ver las
maravillas del Universo conocido por menos de treinta dólares altairianos al
día: la Guía del autoestopista galáctico.
Si uno se
coloca de espaldas al vestíbulo de la entrada principal de las oficinas de la
Guía (en el supuesto de que ya haya aterrizado y se haya refrescado con un baño
rápido y una ducha) y luego camina hacia el Este, pasará por la sombra frondosa
del Bulevar de la Vida, se sorprenderá del pálido color dorado de las playas
que se extienden a la izquierda, se asombrará de los patinadores mentales que
flotan con indiferencia a sesenta centímetros por encima del agua como si no
fuese nada especial, se extrañará y quizá se irritará un poco ante las palmeras
gigantes que tararean melodías discordantes durante las horas diurnas, es
decir, de manera continua.
Sí después
camina uno hasta el final del Bulevar de la Vida, entrará en el distrito
comercial de Lalamatine, con nogales y terrazas de cafés a donde van a
descansar los ombetanos tras una dura tarde de relajación en la playa. El
distrito de Lalamatine es una de las pocas zonas que no gozan de un eterno
sábado por la tarde; en cambio, disfruta del fresco perpetuo de las tempranas
horas de la noche del sábado. Detrás de él están los clubs nocturnos.
Sí en este día
en concreto, o tarde, o primeras horas de la noche, llámese como se quiera, uno
se acerca a la terraza del segundo café a la derecha, verá a la multitud
habitual de ombetanos charlando y bebiendo, con aspecto de estar muy relajados,
y mirando con naturalidad a los relojes de los demás para comprobar lo caros
que son.
También verá a
un par de autoestopistas muy desaliñados que acaban de llegar de Algol a bordo
de un megavión arturiano donde han pasado calamidades durante unos días. Se han
asombrado y enfadado al descubrir que allí, a la vista del mismísimo edificio
de la Guía del autoestopista galáctico, un simple vaso de zumo de frutas cuesta
el equivalente de más de sesenta dólares altairianos.
- Traición -
dice amargamente uno de ellos.
Si en ese
momento mira uno a la segunda mesa que está junto a ellos, verá sentado a ella
a Zaphod Beeblebrox con aspecto muy perplejo y confundido.
La razón de tal
confusión es que cinco segundos antes se encontraba sentado en el puente de la
nave espacial Corazón de Oro.
- Una absoluta
traición - repitió la voz.
Zaphod miró
nerviosamente con el rabillo del ojo a los dos autoestopistas sentados a la
mesa de al lado. ¿Donde demonios se encontraba? ¿Cómo había llegado hasta allí?
¿Dónde estaba su nave? Tanteó con la mano el brazo de la silla en que se
sentaba y luego la mesa que tenía delante. Parecían bastante sólidas. Estaba
muy erguido en su asiento.
- ¿Cómo pueden
sentarse a escribir una guía para autoestopistas en un sitio como éste? - prosiguió
la voz -. Pero míralo. ¡Fíjate!
Zaphod lo
estaba mirando. Bonito lugar, pensó. Pero ¿dónde? ¿Y por qué?
Buscó en el
bolsillo sus dos pares de gafas de sol. En el mismo bolsillo encontró un trozo
de metal pulido, duro y muy pesado que no pudo identificar. Lo sacó y lo miró.
La sorpresa le hizo guiñar los ojos. ¿De dónde lo había sacado? Volvió a
guardárselo y se puso las gafas; le molestó descubrir que el objeto de metal
había arañado uno de los cristales. Sin embargo, se sintió mucho más cómodo con
ellas puestas. Eran dos pares de Gafas de Sol sensibles al Peligro joo janta
Supercromáticas 200, especialmente pensadas para que los usuarios adoptaran una
actitud tranquila ante el peligro. Al primer indicio de apuro se volvían
completamente negras y de ese modo evitaban que el portador viera algo que
pudiese alarmarle.
Aparte del
arañazo, las gafas estaban claras. Se tranquilizó, pero sólo un poco.
El
autoestopista enfadado siguió mirando fijamente a su zumo de frutas
monstruosamente caro.
- Lo peor que le
ha pasado nunca a la Guía ha sido mudarse a Osa Menor Beta - rezongó -; se han
vuelto bobos. ¿Sabes una cosa? Me han dicho que han creado un Universo
sintético por vía electrónica en uno de los despachos, de manera que puedan
investigar sus cosas durante el día y asistir a fiestas por la noche. Aunque el
día y la noche no significan mucho en este sitio.
Osa Menor Beta,
pensó Zaphod. Al menos ya sabía dónde estaba. Supuso que se trataba de alguna
ocurrencia de su bisabuelo, pero ¿por qué?
Muy a su pesar,
una idea le vino a la cabeza. Era muy clara y evidente, y ya alcanzaba a
reconocer la esencia de tales ideas. Se resistía a ellas por instinto. Se
trataba de los impulsos prescritos en las partes oscuras y cerradas de su
mente.
Permaneció
inmóvil erguido en la silla, e ignoró furiosamente tal idea. Le importunó. La
ignoró. Le importunó. La ignoró. Le importunó. Se rindió.
Qué demonios,
pensó, déjate llevar. Estaba demasiado cansado, confuso y hambriento para
resistir. Ni siquiera sabía lo que significaba aquel pensamiento.
6
- ¿Dígame? ¿Sí?
Ediciones Megadodo, domicilio de la Guía del autoestopista galáctico, el libro
más absolutamente notable de todo el Universo conocido, ¿puedo servirle en
algo? - dijo el voluminoso insecto de alas rosadas por uno de los setenta
teléfonos instalados a lo largo de la vasta extensión del cromado mostrador de
recepción del vestíbulo de las oficinas de la Guía del autoestopista galáctico.
Agitó las alas y volvió los ojos. Lanzó una mirada feroz a las mugrientas
personas que se apiñaban en el vestíbulo, ensuciando las alfombras y manchando
la tapicería con las manos. El insecto adoraba trabajar para la Guía del
autoestopista galáctico, y sólo deseaba que hubiera algún medio de mantener
alejados a los autoestopistas. ¿No tenían que estar rondando por sucios puertos
espaciales o algo así? Estaba seguro de que en alguna parte del libro había
leído algo acerca de la importancia de vagar por sucios puertos espaciales. Por
desgracia, parecía que la mayoría iba a zascandilear por aquel bonito
vestíbulo, limpio y reluciente, inmediatamente después de rondar por puertos
espaciales sumamente sucios. Y lo único que hacían era quejarse. Sintió un
escalofrío en las alas.
- ¿Cómo? - dijo
por el teléfono -. Sí, le he comunicado su recado a mister Zarniwoop, pero me
temo que está demasiado ocupado para verle en seguida. Está haciendo un crucero
intergaláctico.
Hizo un gesto
petulante con un tentáculo a una de aquellas personas mugrientas que trataban
airadamente de llamar su atención. El gesto petulante del tentáculo dirigió a
la persona enfadada a consultar el aviso que había en la pared de la izquierda,
advirtiéndole que no interrumpiera una importante llamada telefónica.
- Sí - dijo el
insecto -, está en su despacho, pero está haciendo un crucero intergaláctico.
Muchas gracias por llamar.
Colgó
bruscamente.
- Lea el aviso
- dijo al enfadado visitante que trataba de quejarse de uno de los errores más
absurdos y peligrosos contenidos en el libro.
La Guía del
autoestopista galáctico es un compañero indispensable para todos aquellos que
se sientan inclinados a encontrar un sentido a la vida en un Universo
infinitamente confuso y complejo, porque si bien no espera ser útil o
instructiva en todos los aspectos, al menos sostiene de manera tranquilizadora
que si hay una inexactitud, se trata de un error definitivo. En casos de
discrepancias importantes, siempre es la realidad quien se equivoca.
Esa era la
esencia del aviso. Decía: «La Guía es definitiva. La realidad es con frecuencia
errónea.»
Eso había traído
unas consecuencias interesantes. Por ejemplo, cuando se entabló juicio contra
los editores de la Guía por las familias de aquellos que habían muerto como
resultado de considerar en sentido literal el artículo sobre el planeta Traal
(que decía: «Las Voraces Bestias Bugblatter suelen preparar una comida
buenísima para los turistas visitantes», en vez de decir: «Las Voraces Bestias
Bugblatter suelen preparar una comida buenísima con los turistas visitantes»),
los editores sostuvieron que la primera versión de la frase era más agradable
desde el punto de vista estético, convocando a un poeta capacitado para que
diera testimonio bajo juramento de que la belleza era verdad, evidencia
perfecta, con intención de demostrar, por consiguiente, que el culpable en este
caso era la Vida misma por no ser ni bella ni verdadera. Los jueces se pusieron
de acuerdo y en un discurso emocionante concluyeron que la Vida misma había
cometido desacato al tribunal y se la confiscaron a todos los presentes antes
de ir a disfrutar de una agradable tarde de golf.
Zaphod
Beeblebrox entró en el vestíbulo. A grandes zancadas se dirigió hacia el
insecto recepcionista.
- Bueno - dijo
-. ¿Dónde está Zarniwoop? Búscame a Zarniwoop.
- ¿Perdón,
señor? - dijo el insecto en tono seco. No le gustaba que se dirigieran a él de
aquella manera.
- Zarniwoop.
Localízalo, ¿eh? Ahora mismo.
- Mire, señor -
saltó la frágil criaturita -, si pudiera tomárselo con un poco de calma.
- Escucha -
dijo Zaphod -, he venido aquí bien tranquilo, ¿vale? Soy tan asombrosamente
frío, que podrías guardar en mi interior un trozo de carne durante un mes.
Estoy tan pasado, que no veo más allá de mis narices. Y ahora, ¿quieres moverte
antes de que estalle?
- Pues si deja
que me explique, señor - dijo el insecto, dando golpecitos con el tentáculo más
petulante que tenía a mano -, me temo que en estos momentos sea imposible,
porque el señor Zarniwoop está haciendo un crucero intergaláctico.
Demonios, pensó
Zaphod.
- ¿Cuándo
volverá? - preguntó Zaphod.
- ¿Volver,
señor? Está en su despacho.
Zaphod hizo una
pausa mientras trataba de apartar de su mente aquella idea particular. No lo
consiguió.
- ¿Que ese
hortera está haciendo un crucero intergaláctico... en su despacho? - se inclinó
hacia delante y agarró el tentáculo que daba golpecitos -. Escucha, tres ojos -
dijo -, no intentes pasarte de misterioso, a mí me ocurren cosas más raras que
a ti sólo con los cereales que tomo en el desayuno.
- Pero bueno,
¿quién te crees que eres, incauto? - dijo airadamente el insecto, agitando las
alas de rabia -. ¿Zaphod Beeblebrox o algo parecido?
- Cuenta mis
cabezas - dijo Zaphod en voz baja y áspera.
El insecto lo
miró con los ojos entornados. Parpadeó.
- ¿Es usted
Zaphod Beeblebrox? - preguntó con voz chillona.
- Sí - dijo
Zaphod -, pero no lo pregones en voz alta o todos querrán uno.
- ¿El Zaphod Beeblebrox...?
- No, sólo un
Zaphod Beeblebrox; ¿no te han dicho que vienen en cajas de seis?
El insecto se
frotó los tentáculos, confuso.
- Pero, señor -
protestó -, lo acabo de oír en el diario hablado de la radio sub-éter. Han
dicho que usted había muerto...
- Sí, muy bien
- dijo Zaphod -, pero aún sigo coleando. Bueno, ¿dónde puedo encontrar a
Zarniwoop?
- Pues, señor,
su despacho está en el piso decimoquinto, pero...
- Pero está
haciendo un crucero intergaláctico, sí, sí; ¿cómo puedo dar con él?
- Los
Transportadores Verticales de Personas de la Compañía Cibernética Sirius,
recién instalados, están al otro extremo, señor. Pero, señor...
Zaphod ya se
marchaba. Se dio la vuelta.
- ¿Sí? - dijo.
- ¿Puedo
preguntarle por qué quiere ver a mister Zarniwoop?
- Sí - contestó
Zaphod, que sin embargo no tenía clara esa cuestión -, me he dicho a mí mismo
que tenía que verle.
- ¿Podría
repetirlo, señor?
Zaphod se
inclinó hacia delante y adoptó una actitud confidencial.
- Acabo de
materializarme de la nada en uno de vuestros cafés - explicó - a consecuencia
de una discusión con el espectro de mi bisabuelo. En cuanto llegué aquí, mi
antigua personalidad, la que actuaba en mi cerebro, surgió en mi cabeza y me dijo:
«Ve a ver a Zarniwoop.» Nunca he oído hablar de ese hortera. Eso es todo lo que
sé. Eso, y el hecho de que debo encontrar al hombre que rige el Universo.
Guiñó un ojo.
- Mister
Beeblebrox - dijo el insecto, respetuoso y maravillado -, es usted tan fantástico
que debería salir en las películas señor.
- Sí - repuso
Zaphod, palmeando al bicho en un ala rosada y centelleante -, y tú en la vida
real, muchacho.
El insecto hizo
una breve pausa para recobrarse de su agitación y luego alargó un tentáculo
para coger un teléfono que sonaba.